Hace poco tuve que hacer un regalo a una pareja de novios recién casados a los que, si bien celebraron una boda íntima a la que no fui invitada, aprecio mucho. Pensé en algo para el ajuar, para que siempre tuvieran un recuerdo mío. Nunca he olvidado aquella plancha de vapor y la tostadora que me regalaron a mí unos parientes cuando me casé. Y mi madre siempre tuvo entre sus detalles preferidos un precioso costurero de madera que recibió por su enlace con mi padre. Pero parece ser que toda esta parafernalia ya está obsoleta y que los regalos con que se obsequia a las parejas son bien distintos. ¡Un costurero! ¿Adónde vas a parar? Descacharrante. En fin, que alguien me sugirió que les regalase una caja de experiencias. ¿El qué?, pregunté yo, desconcertada. Una caja de experiencias. A mí la palabra experiencias me retrotrae a la EGB, cuando llamábamos así a la asignatura que, tiempo después, se convertiría en Coneixement del Medi. Experiencias era la suma de ciencias sociales y ciencias naturales. Y punto. Bueno, allá que me fui en busca de tan codiciada caja. Y vaya si la encontré. Las había para todos los gustos: cenas románticas, spa y masaje relajante, aventuras como viajes en globo, tirolinas, puenting y snorkel, visitas guiadas con degustaciones varias, comedias musicales, etc. La lista es interminable. La verdad es que para mí la luna de miel ideal es la que se pasa durante una semana sin salir de la habitación de un hotel, como la de Jane Fonda y Robert Redford en Descalzos por el parque pero, claro, aquellos eran otros tiempos y hoy las parejas ya están saturadas de unos días en hotelitos con encanto. Al final les regalé el día de relax con masaje sueco desestresa