Fracasado

Debo confesar que soy uno de esos escritores fracasados de los que no hace mucho hablaba Manuel Vilas, ¿se acuerdan? En un periódico de tirada nacional, el autor maño escribió que vender menos de 300 ejemplares de un libro era un fracaso. No faltaron centenares de respuestas a esa publicación aportando definiciones de ‘triunfo’ o ‘fracaso’ a cuál más esotérica. Si tenía algunas dudas sobre si podía considerarme o no un escritor fracasado, la liquidación de derechos de autor de El cuento de Alma, mi última novela, me las arrancó de un tortazo. Ahora ya puedo ejercer, con conocimiento de causa, de ofendido o de maldito, según se tercie. Ejercer de una cosa u otra no es incompatible con la promoción o la mendicidad, esto lo sabemos todos. Aun sabiendo que los brindis al sol encierran, la mayoría de las veces, una oferta de compromiso real que el pudor nos impide formular como tal, me pongo las gafas de sol y alzo mi copa imaginaria para brindar por todos los clubes de lectura de este país, por los millones de posibles lectores que no supieron de la existencia de la novela o que sí supieron, pero decidieron –algo del todo comprensible– pasar de largo. Como dijo hace poco un entrenador de fútbol muy conocido, asumo toda la responsabilidad. ¡Salud!