Tras la revolución de 1979, el nuevo orden político-religioso consolidó un poder sin contrapesos. Primero bajo el liderazgo de Ruhollah Jomeini, y luego durante décadas bajo el mando de Alí Jamenei, la figura del “líder supremo” quedó por encima de las instituciones electas. No se trata solo de una estructura política: es un sistema donde la ley se presenta como interpretación religiosa y la interpretación se vuelve herramienta de gobierno. La frontera entre fe y coerción se desdibuja.