En defensa del feminismo

Me crie, como muchos de los nacidos a finales de los 70 y durante la primera mitad de los 80, en un hogar machista, en el que los hombres estaban eximidos, solo por ser varones, de las tareas de la casa, oficios, los llamaba mi abuela. Lo doméstico, siempre con una connotación despreciativa, también en la literatura, era cosa de las mujeres. Crecí en un matriarcado en el que, curiosamente, habían sido ellas quienes, con un espíritu y una fuerza admirables, en los peores momentos, históricos y personales, y sin cobrar una perra gorda, habían sacado a su familia adelante. No me extrañó, sin embargo, esa adjudicación, tan asumida como incuestionable, de los roles en el hogar, aunque mi madre trabajaba fuera, un concepto, el de trabajar fuera de casa, que nunca he escuchado asociado a ningún hombre, ni siquiera en la ficción, donde los personajes remedaban lo que sus creadores vivían. Tampoco me pareció raro que, tras perder a su hija, mi abuelo, de educación, ideología, muy conservadora -estuvo en la batalla del Ebro y perteneció a la Policía Armada-, pasara a desempeñar las tareas domésticas que mi abuela, abatida por la pena, dejó de hacer al enlutarse.