«La vida agarra a la gente y la fuerza a hacer increíbles acrobacias»: me acuerdo a menudo de esta frase de Scott Fitzgerald, que emplea el narrador de un cuento titulado ‘Cabezas y hombres’. Es tan certera. Hace poco, me vi pensando otra vez en ella, en esta ocasión para explicarme a mí mismo cómo pude convivir en silencio, durante cinco años, con un sofá que nunca me gustó. Me gustó, para ser precisos, los cuatro primeros días, hasta que se desplomó el entusiasmo que se supone que despierta la presencia en casa de un sofá recién comprado. En ese preciso momento, comenzaron las malditas acrobacias. Demasiado pronto quizá. Me agarró violentamente la vida, para la cual era evidente que el sofá era incómodo, y tuve que apañármelas para hacer como que sí me gustaba. Se nos van los días enmascarando parte de nuestros pensamientos. Vivir es disimular.