Atendieron a su cruda hora y se entregaron por entero. Honramos a los valientes obreros que cayeron por la justicia y la libertad, pero nuestro homenaje anhela desbordarse, tornar cada vez más inclusivo. No solo nuestros muertos, sino todos los muertos. El 3 de marzo de 1976 fue terrible en Vitoria, pero desde entonces nuestros asfaltos han sido regados por mucha sangre humana. Nuestra memoria se resiste a seguir distinguiendo. Se ha pasado demasiado tiempo clasificando los colores de los caídos, hurgando en sus bolsillos el carnet de partido. A estas alturas nuestros muertos ya no detentan la exclusividad del recuerdo.