Era un día después del arribo oficial de la primavera, y me encontraba en Arteaga, Coahuila. Corría una brisa agradable y el caudal de la acequia aparecía limpio y frío. Los niños corrían bajo los antiquísimos árboles, uno en pos del otro, con carcajadas que hacían sonreír por lo estruendosas, pero también por la cosa sencilla que las hacía aparecer.