Los peruanos no habíamos imaginado en mucho tiempo estar, de pronto, ante un calendario político tan mortal como el que se pinta en las actuales circunstancias, poniendo en juego la sobrevivencia de la propia democracia, incluida la que resiste en el papel de la Constitución. La mortalidad no solo es humana; es también institucional, más aún si toca gravemente una forma de organización humana como es la democracia.