Ha pasado un año desde la explosión de gas que hizo saltar por los aires una parte del barrio de La Villa, en Mieres (Asturias), pero la normalidad no ha vuelto. La deflagración, que se saldó con seis heridos graves y tres casas completamente derruidas, no se cobró ninguna vida de milagro, pero las secuelas físicas, materiales y emocionales siguen muy presentes entre los afectados. Uno de los heridos es Borja Varela, de 22 años, que estuvo casi dos semanas ingresado en el hospital con una clavícula astillada. Él recuerda perfectamente el fuerte olor a gas que impregnaba el barrio horas antes del suceso. "A las tres de la tarde olía todavía mucho más", relata. Poco después, "de un momento a otro, ya fue oscuridad, ya no me acuerdo de nada más. Solo sentir a mis amigos llamarme y salir de los escombros". La peor parte se la llevó María da Silva, que resultó herida de gravedad y perdió todo lo que tenía. Tras pasar seis meses en el hospital, su vivienda tuvo que ser demolida por completo. Hoy, en el solar donde un día estuvo su hogar, hay un aparcamiento. Su vecina, María Alicia Peixoto, tampoco ha podido regresar a su casa un año después y sigue peleando con los problemas con el seguro. "Vengo aquí y me cae el corazón a los pies, porque la casa está muy mal y el seguro no me dice nada, me siento abandonada", lamenta con desesperación. Su testimonio refleja el sentir de muchos: "Hicimos una reclamación, mandamos un burofax, pero nada". Mejor suerte ha tenido la familia de Nerea Ledo e Iván Fernández, que pudieron volver a su hogar junto a sus dos hijos tras pasar un mes fuera de su casa mientras era reparada. "La primera noche estuvimos en un hotel y después nos mandaron al campus de Barredo, pero como tengo dos nenos, nos fuimos a casa de mi abuela", explica Nerea sobre cómo se organizaron durante ese tiempo. Un año después del estruendo, La Villa de Mieres no ha recuperado la normalidad. Los vecinos se sienten abandonados y siguen sin una confirmación oficial sobre las causas que provocaron la explosión, aunque todo apunta a un problema en la conducción del gas. La herida, para muchos, sigue abierta.