La Iglesia ha iniciado oficialmente el camino hacia la posible santidad del padre Ángel Ayala. Con la apertura del proceso de canonización en su fase diocesana, se da un paso clave que reconoce los indicios de fama de santidad que rodean la figura de este sacerdote jesuita, fundador de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP). Este hito marca el comienzo de una investigación exhaustiva sobre su vida y sus obras, un legado que sigue vivo en la sociedad española. Nacido en Ciudad Real en 1867, el padre Ayala fue un sacerdote que supo "escuchar al espíritu", como señala el profesor Rafael Murillo. Mucho antes del Concilio Vaticano II, entendió que la transformación cristiana de la sociedad requería la formación personal, intelectual y espiritual de los laicos para que su voz estuviera presente en todos los ámbitos de la vida pública. Su objetivo era claro: llevar el Evangelio a la sociedad a través de laicos comprometidos. Para ello, impulsó un modelo basado en tres pilares: formación, compromiso y transmisión de la fe. Según Murillo, el fin último de esta acción es la búsqueda del bien común a la luz de la fe, ofreciendo una propuesta concreta a los problemas del hombre contemporáneo. Quienes han estudiado su figura, como la vicesecretaria general del Instituto de Humanidades Ángel Ayala, Ana Sánchez, destacan que supo conjugar a la perfección la innovación en los métodos de apostolado con una profunda espiritualidad. Fue un hombre atento a los "signos de los tiempos", impulsando herramientas de comunicación como el periódico El Debate. A pesar de su intensa actividad pública, su vida personal estuvo marcada por la sencillez y la humildad. Sánchez, que ha consultado sus archivos personales, lo describe como una persona de personalidad "sobria, sin florituras", que apostaba por "ideas claras y sencillas". Sus frase, "sobran perfumes y faltan limosnas", resume su espiritualidad ascética y su constante preocupación por los más necesitados, que se materializó en obras como la creación de escuelas para obreros. Testimonios de la época lo describen como un jesuita de "serenidad alegre", que supo atraer a los jóvenes para su causa. De hecho, el origen de la ACDP se encuentra en un grupo de jóvenes propagandistas a los que supo "embaucar", en palabras de Rafael Murillo. Esta alegría es una de las características que, según los expertos, definen su forma de vivir y transmitir la fe. La apertura de la causa en su fase diocesana implica la constitución de una comisión teológica y la realización de un peritaje histórico que estudiarán en profundidad todos sus escritos y obras. Se trata de un proceso que, como advierten los expertos, «será largo» y cuyo resultado final es incierto. Como recuerda Ana Sánchez, en última instancia "quien hace santo realmente es el Señor"; no obstante, añade que "si se abre el proceso de beatificación es porque existen indicios de santidad". Aunque el padre Ayala no fundó en sentido estricto el CEU, la idea de crear una universidad católica ya estaba presente en su obra y en el ADN de la ACdP, que posteriormente materializaría Herrera Oria. El éxito y la vigencia actual de sus obras, que han dado frutos abundantes a la Iglesia y a la sociedad española, son uno de los principales argumentos que sostienen su fama de santidad y el impulso de esta causa de canonización.