Hace cuatro años, un joven lucentino emprendió una travesía de más de 6.600 kilómetros para instalarse, con deseos de estabilidad, en el país asiático de Kuwait. Sus proyectos iniciales combinaban la práctica profesional del pádel a un alto nivel y afianzarse como instructor de esta disciplina en auge. Ningún indicio, hasta este pasado fin de semana, hacía presagiar que residiría bajo un cielo atravesado por bombas.