La historia de la “amazona” que luchó por la independencia de dos países americanos y murió en el olvido

El liderazgo de Juana fue como un imán para cientos de mujeres, que decidieron seguirla y unirse a ella, formando un grupo llamado las “amazonas” Fue la primera mujer afroamericana en ganar el Nobel de Literatura y rompió barreras para toda una generación El 3 de marzo de 1816, cerca de Villar , actualmente Bolivia , una mujer lideraba un grupo de treinta jinetes que atacó las fuerzas del coronel español José de la Hera. Se llamaba Juana Azurduy y no dudó en quitarle el estandarte para hacer fusiles y municiones, un hecho por el que sería nombrada teniente coronel y pasaría a la historia como heroína de la independencia tanto boliviana como argentina, aunque su figura sería olvidada con el tiempo. Luchó por ideales independentistas desde joven Juana Azurduy nació el 12 de julio de 1780 en la zona de Chuquisaca , actualmente Bolivia , cerca de Sucre , en el seno de una familia adinerada y de propietarios. Sin embargo, desde pequeña supo lo que era el dolor de perder a sus familiares, pues sus padres murieron cuando era niña y fue criada por sus tíos, con los que tuvo una relación complicada. De hecho, quisieron que fuera monja, pero no la aceptaron en el monasterio y a los 17 años regresó a la hacienda familiar. En 1802 se casó con Manuel Ascencio Padilla , amigo de la familia de su padre, y con quien tendría cinco hijos, aunque solo uno llegó a la mayoría de edad. El matrimonio se mantuvo unido por sus ideales independentistas, con los que arrancaron en la revolución de Chuquisaca, que tuvo lugar en mayo de 1809 y que finalizó con una violenta represión. Su involucración en la revolución independentista hizo que el matrimonio estuviera en la lista de los buscados por los españoles, además de que alojaron a jefes del ejército. Tras el desastre de Huaqui en 1811 que llevó la pérdida de Alto Perú, el matrimonio Padilla perdería terrenos al ser confiscados por los españoles y se ocultarían, aunque Manuel fue identificado y arrestado. Fue entonces cuando Juana Azurduy reunió a más de 300 indígenas para asaltar la cárcel del Cabildo y liberar a su marido. Se le unieron mujeres El liderazgo de Juana fue como un imán para cientos de mujeres, que decidieron seguirla y unirse a ella, formando cargas desordenadas armadas con lanzas, arcos o palos, que sorprendían tanto a enemigos como a compañeros y que fueron apodadas como las “amazonas”. De hecho, el sueco Adam Graaner describió a la líder como: “Esa hermosa señora de veintiséis años que manda un grupo de cuatrocientos indios en la comarca de Chuquisaca”. Retrato de Juana Azurduy en el Archivo General de la Nación Argentina. La leyenda asegura que había logrado organizar una milicia de diez mil indígenas, y fue entonces cuando llegó su gran momento. En la región de Chuquisaca , formaron un grupo de 3.700 personas que eran observados absortos por los españoles, sobre todo por la temeridad de “una mujer montada a caballo, armada con sable y pistoleras, que iba de un lado para el otro, animado a la tropa”. El coronel José Santos de la Hera tenía el objetivo de tomarla prisionera y así fue como de un disparo apuntó a su caballo, pero Juana fue rescatada por los suyos, que prepararon una emboscada después de haber huidos y atacaron por los flancos con descarga de fusilería. Un desempeño de Azurduy hizo que fuera ascendida a teniente coronel de la división Decididos del Perú. Su triste final La batalla de la Laguna en septiembre de ese mismo 1816 fue, sin embargo, el principio del fin de los Pradilla. Juana fue herida de bala y su marido moría degollado tras recibir también dos disparos por la espalda. Una vez recuperada, ella tardaría días en recuperar la cabeza de su esposo, hasta que pudo reunir a un grupo que la ayudara. Tras quedar viuda, no supo dónde ir y pasó primero un tiempo oculta en el Chaco junto a las fuerzas de Martín Miguel de Güemes , que moriría en 1821 y volvería a dejar sin rumbo a Azurduy, que además había perdido a cuatro de sus cinco hijos debido a enfermedades como el paludismo o la malaria, de hecho, vivía de limosna. Al volver a Chuquisaca, nadie la recibió y no pudo recuperar sus bienes, ya en manos de nuevos propietarios. No fue hasta que la visitó Simón Bolívar que le fue concedida una pensión vitalicia de 60 pesos, que fue aumentada, pero que dejó de percibir en 1830, aunque no tuvo a quién reclamar al haber fallecido todos los líderes con los que luchó. Así, murió el 25 de mayo de 1862 a los 82 años, viviendo en una humilde casa y sola. Su figura, además, no sería rescatada hasta años después, con pequeños homenajes, y también recuperaron sus restos, que habían sido llevados a una fosa común.