La construcción de la arquitectura residencial de aquellos años, con el hormigón como protagonista, se estructuró en torno a sistemas industrializados que permitían erigir miles de viviendas en tiempo récord. Pero más allá de su materialidad, estos polígonos son mapas ideológicos El fenómeno de los 'edificios cebra' que invaden las ciudades: “Están hechos para venderse en una foto de inmobiliaria” Las ciudades españolas conservan en sus periferias y ensanches tardíos un tejido de otra época: los polígonos residenciales del desarrollismo, esos conjuntos de bloques repetidos, avenidas desproporcionadas y plazas inhóspitas que se levantaron entre finales de los años cincuenta y principios de los setenta. Estos fueron en su momento la respuesta a una urgencia demográfica en la que millones de personas abandonaron el campo para habitar las ciudades industriales. La arquitectura y el urbanismo se presentaron entonces como portadores de la modernidad compuesta por vivienda higiénica, equipamientos colectivos y una nueva forma de vida urbana. Lo que hoy podemos leer en esos tejidos es un campo de experimentación donde se ensayó la separación radical entre peatón y automóvil, se apostó por densidades extremas y donde lo comunitario quedó relegado a un futuro que nunca se concretó. Son, en definitiva, fragmentos de ciudad que condensan una ideología urbana, la del funcionalismo. Paisajes de hormigón El desarrollismo español arrancó con el Plan de Estabilización de 1959. En apenas una década, ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao o València duplicaron su población. La respuesta fue la construcción de polígonos residenciales enormes, algunos de más de 300 hectáreas, levantados en los extrarradios, sin conexión con la trama urbana existente y con muchas carencias en equipamientos escolares, comerciales y zonas verdes que, aunque prescritos por la Ley del Suelo, se relegaban a fases posteriores. El hormigón fue el material estrella. La construcción de la arquitectura residencial de aquellos años se estructuró en torno a sistemas industrializados que permitían erigir miles de viviendas en tiempo récord. Más allá de su materialidad, estos polígonos son mapas ideológicos. Luis Fernández-Galiano, doctor arquitecto y catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, ha analizado cómo el desarrollismo dejó una huella indeleble en el territorio ocupando este con construcciones que buscaban expresar la renovación técnica y formal del país, pero que a menudo priorizaban la cantidad sobre la calidad. Torres Blancas (1961-1968), diseñada por Francisco Javier Sáenz de Oiza, es quizá el icono más elocuente, se trata de un rascacielos residencial de hormigón en una de las entradas a Madrid, con volúmenes escultóricos que pretendían reconciliar la vivienda en altura con la casa-jardín. Pero Torres Blancas es la excepción. Lo habitual fueron bloques en H, en Y o lineales, dispuestos sobre un suelo que atendió más a las necesidades del coche que del peatón. Hoy, esas tipologías arquitectónicas muestran profundos desajustes con las necesidades contemporáneas. Torres Blancas, de Sáenz de Oiza, en Madrid. El desarrollismo dejó una huella indeleble en el territorio ocupando este con construcciones que buscaban expresar la renovación técnica y formal del país, pero que a menudo priorizaban la cantidad sobre la calidad El atlas doméstico del desarrollismo Los tipos edificatorios ensayados en estos años; bloques lineales de doble crujía, bloques en H, bloques en T, torres de 15 plantas…responden todos a la obsesión por obtener el mínimo existencial capaz de garantizar habitabilidad bajo parámetros económicos eficientes. Cada planta es un ejercicio de tetris doméstico formado generalmente por tres dormitorios dobles en menos de 50 metros cuadrados, cocinas que ventilan a patinillos y estancias principales que son a la vez comedor, sala de estar y distribuidor. La superficie media de estas viviendas se situó en torno a los 64 metros cuadrados construidos. Un dormitorio principal de 10 metros cuadrados, dos secundarios de 6 a 8, una sala de estar de 14, cocina independiente de 5, un único aseo de 3 metros y terraza lavadero. Las zonas de distribución se reducían a un vestíbulo de entrada y, dependiendo del tipo, un distribuidor o pasillo en la zona de noche que la normativa impedía suprimir del todo. Francisco Javier Sáenz de Oiza y Antonio Vázquez de Castro lideraron la construcción definitiva de un lenguaje moderno en la arquitectura española a través de estos experimentos tipológicos. En el poblado de absorción de Fuencarral A en 1956, Oiza definió un modelo mínimo y racional de vivienda con patio, mientras que en Entrevías, barrio construido entre 1956 y 1959 ensayó bloques lineales. Vázquez de Castro, por su parte, desarrolló en Caño Roto y Orcasitas en su construcción entre 1957 y 1966, distribuciones que buscaban mejorar las condiciones de uso en viviendas de dimensiones muy limitadas. Antonio Vázquez de Castro desarrolló en Caño Roto y Orcasitas (Madrid), en su construcción entre 1957 y 1966, distribuciones que buscaban mejorar las condiciones de uso en viviendas de dimensiones muy limitadas. Rafael de la Hoz exploró en Córdoba una inteligente variante que disolvía la estricta geometría del paralelepípedo para desplazar los dormitorios a una posición más favorable, configurando a la vez una imagen de fachada variada. La profundidad condicionaba de manera absoluta la distribución: a partir de 8 metros las viviendas tendían a adoptar esquemas fijos, con el baño en medianera para evitar dormitorios excesivamente alargados. La anchura más repetida fue la de 15 metros, dimensión que permitía disponer seis dormitorios de tres metros de forma consecutiva. Estas viviendas, proyectadas para familias obreras de los años sesenta, resultan hoy obsoletas para otras formas de habitar. La heterogeneidad de los grupos familiares, la reducción del número de personas por hogar, la caída de la natalidad, y la creciente importancia del teletrabajo cuestionan la validez actual de aquellas distribuciones. Pero constituyen un archivo material de cómo se pensaba la vida doméstica en aquel momento en el que había una marcada separación entre zona de día y zona de noche. Estas viviendas, proyectadas para familias obreras de los años sesenta, resultan hoy obsoletas para otras formas de habitar Itinerario por el desarrollismo español Estos barrios pueden leerse como paisajes donde la ideología se hace materia. A continuación, un recorrido por algunas de estas geografías del hormigón: Madrid: Orcasitas, Palomeras, San Blas Orcasitas nace promovido por el Instituto Nacional de la Vivienda y proyectado por Rafael Leoz de la Fuente y Joaquín Ruiz Hervás, dentro del programa de poblados dirigidos de los años sesenta. El poblado original sufre pronto graves patologías constructivas, esto activa uno de los movimientos vecinales más potentes de Madrid, articulado en torno a la Asociación de Vecinos Guetaria. Un ejemplo temprano de urbanismo negociado, donde el trazado final del barrio condensa la fuerza organizativa de su movimiento vecinal. Durante el desarrollismo, Palomeras se configura como uno de los grandes poblados marginales del sureste madrileño, producto directo de las políticas de vivienda y del crecimiento económico de los años cincuenta y sesenta. El barrio crece como “suburbial” confeccionado de chabolas levantadas por trabajadores recién llegados, servicios improvisados, caminos de tierra y una segregación clara respecto a la ciudad consolidada. Esa condición de margen, unida al compromiso vecinal y político que documenta la historiografía de Vallecas, prepara el terreno que logra que a finales de los setenta, Palomeras se convierta en uno de los escenarios principales de los Barrios en Remodelación, convirtiendo su paisaje en uno de bloques y torres de vivienda social que hoy leemos como archivo construido del desarrollismo. San Blas como hoy lo conocemos es el barrio que se construye entre finales de los cincuenta y mediados de los setenta. Cuenta con alrededor de 15.000 viviendas en bloques abiertos de cuatro y cinco plantas, torres y poblados de absorción. En conjunto es un catálogo de soluciones oficiales al alojamiento obrero del desarrollismo. Situado junto a nuevos ejes viarios y zonas industriales como Julián Camarillo, San Blas cristaliza el modelo funcionalista de barrio dormitorio con un fuerte componente residencial‑industrial, movilidad pendular y un espacio público inicialmente sobredimensionado pero pobremente equipado, que sólo décadas después se equilibra mediante procesos de rehabilitación y renovación urbana. Barcelona: Sudoeste del Besòs, Bellvitge El polígono del Sudoeste del Besòs, en Sant Martí, se levantó entre 1959 y principios de los setenta con una alta densidad de viviendas de protección oficial. Proyectado por el equipo de Guillermo Giráldez, Pedro López Íñigo y Javier Subías, se organiza mediante grandes bloques concebidos como unidades de habitación que reformulan la manzana Cerdà en clave periférica. El plan parcial combina economía de urbanización y fuerte presencia de espacio colectivo, articulando volúmenes exentos y supermanzanas como nueva puerta de entrada a Barcelona. Hoy puede leerse como uno de los ejemplos más nítidos de cómo el desarrollismo barcelonés utilizó la vivienda protegida en altura para consolidar su frente litoral industrial. Bellvitge, en L'Hospitalet, fue uno de los mayores polígonos de vivienda popular, con cerca de 4.863 viviendas construidas a ritmo acelerado para absorber la inmigración del resto de España. Un paisaje de bloques lineales y torres prefabricadas que convirtió los antiguos campos del delta del Llobregat en una de las imágenes más reconocibles de la periferia vertical del desarrollismo. Bellvitge, en L'Hospitalet (Barcelona). València: Orriols, Torrefiel Barrios periféricos del norte de la ciudad, surgidos de la ocupación desarrollista de la huerta, sin espacios libres ni dotaciones adecuadas. Orriols perdió su identidad de municipio independiente al ser anexionado por València a finales del siglo XIX, y la explosión demográfica de los sesenta consolidó su carácter de barrio obrero densificado. Torrefiel, vinculado históricamente al monasterio de San Miguel de los Reyes y a los grandes propietarios agrícolas, sigue una trayectoria paralela: de barrio de casas bajas y uso agrario a área de expansión de viviendas económicas y realojos tras la riada de 1957, con un planeamiento de los sesenta que multiplica la edificación sin reservar apenas suelo para zonas verdes, hasta convertirlo en uno de los tejidos más densos de València. Bilbao: Otxarkoaga, Txurdinaga Otxarkoaga y Txurdinaga conforman el distrito 3 de Bilbao, en la margen derecha del Ibaizábal, pero representan dos modelos urbanos muy distintos. Otxarkoaga nace en los años sesenta como gran poblado dirigido para realojar a la población que vivía en el “cinturón de hojalata”, en un paisaje de laderas y calles estrechas. Su trazado denso y la repetición de bloques de vivienda social condensan las lógicas del desarrollismo y las urgencias del Plan de Urgencia Social. Txurdinaga, en cambio, se planifica como nuevo ensanche desde los años sesenta y setenta, con torres residenciales, manzanas abiertas y un gran parque urbano, apoyado en nuevas infraestructuras viarias y de transporte público. Mientras Otxarkoaga concentra el debate sobre vulnerabilidad y regeneración de polígonos periféricos, Txurdinaga encarna la ciudad verde y bien conectada. Juntos, ambos barrios ofrecen un laboratorio privilegiado para la reflexión arquitectónica sobre vivienda social, morfología urbana y políticas de integración. Sevilla: Polígono Sur, Parque Alcosa En Sevilla, el Polígono Sur que agrupa barrios como Murillo, Martínez Montañés, La Oliva o Paz y Amistad, pone de manifiesto cómo el desarrollismo concentró población empobrecida en polígonos periféricos de vivienda social. Proyectado desde el Plan General de Ordenación Urbana de 1962 como respuesta al éxodo rural y a la crisis de la infravivienda, se construyó principalmente entre los años sesenta y setenta para acoger a familias procedentes de barrios históricos degradados y asentamientos informales. La combinación de viviendas mínimas, aislamiento urbano y desatención administrativa prolongada explica que hoy sea señalado como uno de los territorios con mayores niveles de desigualdad urbana del país. Edificio de Parque Alcosa (Sevilla). También en Sevilla, el Parque Alcosa, cuyo origen residencial se sitúa en la primera mitad de los años setenta, ejemplifica la ocupación de antiguos suelos agrícolas e industriales tras la canalización de arroyos como el Tamarguillo, en un contexto de gran falta de vivienda que impulsó nuevas barriadas obreras como San Pablo, Pino Montano o el Polígono Norte. Córdoba: Sector Sur, Barrio del Guadalquivir, Las Moreras, Las Palmeras En Córdoba, el desarrollismo se lee con claridad en el Distrito Sur, donde el Sector Sur y el Barrio del Guadalquivir nacieron como grandes conjuntos de vivienda promovidos al otro lado del río para alojar población obrera en crecimiento. Estas barriadas, levantadas a partir de los años sesenta y setenta, concentran hoy algunos de los índices de renta más bajos de la ciudad y arrastran déficits históricos de equipamientos, zonas verdes y mantenimiento urbano. A ellos se suman otras promociones públicas como Las Moreras y Las Palmeras, que comparten origen y figuran en los diagnósticos municipales como espacios vulnerables, marcados por la precariedad edificatoria y la falta de oportunidades. A Coruña: Agra del Orzán En A Coruña, el barrio del Agra del Orzán es hoy uno de los ámbitos con mayor densidad de población de España y de Europa: en menos de medio kilómetro cuadrado se concentran alrededor de 29.000 habitantes, en un tejido de bloques de vivienda económica levantado sobre antiguas tierras agrícolas en la periferia oriental de la ciudad. Su origen está ligado a la llegada de población foránea, primero vecinos de la Costa da Morte atraídos por las conexiones hacia Bergantiños y, a partir de los años sesenta, oleadas de trabajadores empujados por el crecimiento del empleo industrial que el Plan General de 1967 quiso alojar mediante una fuerte intensificación edificatoria. El trazado actual de sus calles se fija en el Plan de Alineaciones de 1948 y, desde entonces, el barrio se ha ido densificando hasta quedar colocado entre grandes vías, la Ronda de Nelle y Outeiro al este y oeste, Vila de Negreira al norte y avenida de Fisterra al sur, con una presencia mínima de espacios abiertos y zonas verdes. Edificios de Agra del Orzán, A Coruña. La llegada masiva del automóvil obligó a reorganizar la trama viaria y supuso la desaparición de elementos rurales como los antiguos molinos de viento del Agra, desmontados y conservados a la espera de una posible reinstalación futura. Al mismo tiempo, la peatonalización de la calle Barcelona en los años noventa situó al barrio en la vanguardia del comercio de proximidad, consolidando una intensa vida a pie de calle que hoy se alimenta de la diversidad de su población: de un barrio ligado a la Costa da Morte ha pasado a convertirse en uno de los principales hogares de las comunidades africanas y latinoamericanas de la ciudad. Las demandas actuales se centran en ganar espacios libres y naturalizados, el proyecto largamente debatido del parque del Observatorio o la reforma de la plaza de As Conchiñas, en un espacio donde la sociabilidad densa y multicultural intenta compensar la escasez física de suelo y verde heredada del desarrollismo. En todos estos barrios, el desarrollismo dejó algo más que una huella de hormigón: un mapa para leer cómo se imaginó la vida urbana en España y cómo, medio siglo después, seguimos habitando esa promesa incompleta.