Me confieso balear y probablemente lo he aprendido en nuestra universidad que me ha permitido el privilegio de impartir docencia en Ibiza y Menorca con la misma ilusión y dedicación que cuando estoy en el campus. Ahora que se han acabado los discursos, los festejos y todas las paradas callejeras toca preguntarse cómo sigue vivo y se despliega ese sentimiento colectivo. Comentaba en mi último texto que Madrid no puede ser la excusa eterna y ahora afirmaré que si lo balear no existe deberíamos inventarlo. Porque si el sentimiento balear es forzado o débil -como muchos defienden- debemos tener muy claro por qué reivindicar y resucitar este sentimiento. Desde una perspectiva más política y práctica podría plantearse como una opción estratégica para tener más fuerza en Madrid o poder gestionar mejor esos recursos y competencias que nos corresponden o que reivindicamos. Conseguir ese resultado sería maravilloso, pero pecaría de un materialismo impropio de lo celebrado; por ello los políticos y los analistas siempre apelarán a la identidad y la tradición. En este plano toca superar la nostalgia de un pasado ya imposible o la incomprensible postura de rechazar un turismo que nos hace más ricos y cosmopolitas. Esta celebración debe plantearnos un reto muy claro, especialmente ante una España en crisis y una modernidad convulsa. Quiero pensar que subyace un debate más crucial e íntimo: ¿qué tipo de sociedad queremos ser?, ¿qué significado queremos darle al vivir y sentirse de estas islas?, ¿cómo compatibilizamos la defensa de lo propio con la llegada constante de población nueva y tan heterogénea?