Los Pombo o el estrés de ser rico

La obligación de ver enterita la insufrible gala de los Goya de este año me dejó sin más ganas de tele, lo admito. Pero como esta columna no se escribe sola, y el mal ya estaba hecho, decidí que podía seguir sufriendo y ver algo que jamás vería (y que jamás volveré a ver). Por eso empecé a ver la quinta temporada de los Pombo, sin ver las cuatro primeras y sin tener ni idea de quien era nadie ahí. Yo, de los Pombo, solo sabía que había una, María, que no lee y que cree que leer no te hace mejor persona (y yo estoy de acuerdo con eso, aunque tampoco creo que te haga peor). Ahora sé que también tiene padre y madre, y dos hermanas, cinco temporadas de contar su vida y que está embarazada. Y que fue novia de un futbolista cuyo nombre no recuerdo (y no voy a buscar ahora) y es famosa porque es influencer o al revés. La cosa empieza con el drama de llegar tarde el primer día de colegio pese a vivir cerca y el de dejarse abierta una de las puertas de la casa de Santander y que roben la bicicleta. Es el problema de tener casas con muchas puertas, que hay que revisarlas todas y se llega tarde a todas partes, por muy cerca que vivas. La de problemas que nos ahorramos los pobres con eso de tener una sola puerta. Y con la de entrar a trabajar apenas un pelín más tarde que los niños al colegio y vivamos lejos. Eso, que podría parecer negativo a priori, en realidad es muy bueno porque nos obliga a llevarles a tiempo, aunque solo sea para que no nos despidan a nosotros. También nos ahorramos que nos reúnan a toda la familia en el jardín para hablar de los defectos de cada una tras pasar las vacaciones juntos. Entre mis defectos, por ejemplo, he descubierto que no está que me abrume que estén todos en mi piscina todo el día, como le pasa a María, que es la Pombo primigenia . Tengo otros defectos, no lo negaré, pero de ese me he librado. También es verdad que, a cambio, si se me antoja de pronto mudarme a Miami no me puedo ir unos días allí de vacaciones a ver si me gusta de verdad o son fiebres cerebrales. La primera casa que visitaron, por si acaso al final era que sí y no solo un capricho, costaba casi 16 millones. Y luego ya fueron bajando. Yo, en calidad de pobre, lo hago al revés: empiezo mirando en Idealista cuchitriles interiores ligeramente insalubres en el centro de Madrid y acabo haciendo el tour virtual de un castillo histórico ubicado en un lugar que no sabría ni situar en el mapa. Ya no digo llegar. Mientras tanto, su familia en España sigue su vida: la hija de la que las cuidó de pequeñas y que se ha criado con ellas (cosas de familias bien) se apunta a padle, una hermana medita y recoge paquetes, otra quiere café… La vida de los hermanosdé profesionales es trepidante. Pero no todo son rosas y vino, así que el marido de una de las hermanas se está quedando calvo y a ella (una, no me acuerdo cuál, la que no tiene hijos) no quiere un marido calvo. Y mientras tanto ella, María, con lo de Miami en la cabeza que no acaba de decidirse. Así que mientras se aclara, toda la familia hace una meditación porque la hermana que medita se empeña. Para estar muy conectados en futuras vacaciones y ahorrarse el numerito de después de las vacaciones hablando. Pero acaban preguntándole al padre si también es el padre de la hija de la señora que las cuidaba y que se ha criado con ellas, que es algo que ya sospechaba hasta yo, que acabo de conocerles. La prueba de paternidad es también una cosa muy de ricos , sobre todo porque de los padres pobres solo se heredan deudas y, para eso, mejor ni saber. Ser rico es un estrés. Estoy agotada. Prefiero trabajar.