Los conflictos bélicos perturban la economía mundial al ritmo de un efecto dominó que empieza nada más cae la primera bomba. Se mueve la primera pieza, la de la violencia, que empuja a una segunda, la del drama social, y esta a otra, y otra y otra, entre inestabilidad, incertidumbre y cada vez más tensión. El impacto de la última ficha, cuando llega, cae lejos de la zona en guerra y es proporcionalmente más duro cuanto más se prolonga esta, como sucede con todas las demás. En el caso de Irán, en jaque tras el golpe asestado por Estados Unidos e Israel, ha comenzado con el corte del estrecho de Ormuz, vital para el transporte marítimo. El bloqueo amenaza ahora con extenderse en forma de saturación o colapso a los puertos de tránsito (hub) de los países de alrededor —y con ello disparar los fletes y los precios del combustible—, abriendo la puerta a un episodio inflacionario en Europa, España y Galicia como el que se vivió tras la invasión rusa de Ucrania.