Rafael León es la memoria viva del Córdoba Club de Fútbol. A sus 86 años, ostenta con orgullo el carné de abonado número 1 y es, probablemente, el único socio fundador que sigue activo desde aquel histórico agosto de 1954. Su testimonio es un viaje al corazón de un club al que ha acompañado sin fisuras durante toda su existencia, superando incontables decepciones porque, como él mismo dice, ya está “acostumbrado” y no se desgarra “las vestiduras por eso”. Su historia como socio comenzó junto a sus hermanos en la calle Victoriano Rivera, donde se dieron de alta. A él le correspondió el número 305, a su hermana el 304 y a su hermano el 306. “De los tres, el único que sigue soy yo”, recuerda. Aquella primera temporada, el equipo vestía de blanco y jugaba en el estadio San Eulogio, un detalle que pocos recuerdan de los inicios del club. León, que antes fue aficionado del Real Club Deportivo Córdoba, explica cómo el actual club nació de la cesión de derechos del Club Deportivo San Álvaro. “Los directivos cogieron los primeros números”, señala, confirmando que la afición del Deportivo Córdoba se volcó con el nuevo equipo. “Era el único equipo que quedó en Córdoba”, aclara, consolidando la idea de una herencia de sentimiento que se trasladó de un club a otro. Con 72 años de fútbol en la retina, Rafael León no duda al nombrar a su once ideal, un equipo de leyenda con jugadores de distintas épocas. En su alineación figuran nombres como el portero Reina, “el que ha llegado más lejos”; defensas como Simonet, Navarro, Paco Jémez o Raúl Bravo; un centro del campo con Juanín, Roberto Fernández y Onega; y una delantera letal con Javi Moreno, Anastasio Jara, Riaji y Cabrera. Un equipo de ensueño para cualquier aficionado blanquiverde. Entre los momentos de mayor alegría, León destaca varios ascensos, pero guarda un recuerdo especial para el de Cartagena del 99. “Lo vi por televisión y fue, vamos…”, rememora con emoción. Sin embargo, también ha vivido épocas muy duras, como la de Jesús León, cuando la Guardia Civil intervino el club. En ese momento, afirma que se prometió a sí mismo que “si el equipo desaparecía, para mí se acababa el fútbol”, una prueba de su lealtad inquebrantable. Ha sido testigo de cómo el estadio del Arcángel ha pasado de estar prácticamente vacío a vibrar con 16.000 abonados. Lo que más le emociona ahora es ver a los más jóvenes luciendo con orgullo la camiseta del Córdoba. “El otro día me encontré por la calle Sevilla a una pareja de enanillos de 6 añitos cantando el himno”, cuenta, un síntoma de que el cordobesismo goza de una salud envidiable. Pese a todo lo vivido, nunca pensó en “tirar la toalla”. Su única petición al club es que “no se rinda nunca” y que sus jugadores luchen en el campo. Para él, el final del himno lo resume todo: “jugar para ganar, ganar para sentir, sentir para luchar, luchar para vivir, vivir para soñar”. Su lema personal, como el del himno, es claro: “mientras viva, iré contigo hasta el final”.