El sábado pasado, Javier Aguilar facturó las maletas en el aeropuerto de Dubái. Lo que debía ser el último trámite de unas vacaciones se convirtió, en cuestión de horas, en el principio de una espera sin fecha de fin. Las pantallas del aeropuerto empezaron a llenarse de cancelaciones. Fuera, el espacio aéreo del Golfo se cerraba por los bombardeos sobre Irán y las represalias que siguieron.