Hay normas que nacen con vocación de salvaguarda y acaban convertidas, por una mezcla de literalismo y desidia, en paradigmas de incoherencia. Una de ellas es la que proscribe pasos de peatones y semáforos en carreteras que no discurren por zona urbana. La lógica es impecable en el papel: la carretera es reino de la velocidad y el peatón criatura de la acera. Pero la vida se obstina en desmentir la cartografía normativa. Hay urbanizaciones que brotan al borde de vías interurbanas, polígonos a los que se accede a pie, paradas de autobús que dejan a sus pasajeros en la cuneta... Y allí, en ese margen sin estatuto, el viandante queda desamparado por una reglamentación anómala y hasta inhumana.