Los estamos machacando

Donald Trump ha llegado a la conclusión de que la democracia es un estorbo, un lastre para su acción política. No es el único. Cuando un político no responde a las preguntas de los periodistas, cuando no negocia con la oposición, cuando desprecia a los adversarios o cuando desacredita a los jueces, está actuando bajo la misma premisa: las reglas dificultan el ejercicio del poder. Es la lección de los populistas. La idea que se ha ido imponiendo es que el orden mundial liberal-democrático, con sus reglas complejas que garantizan los derechos, ha caducado. Las normas internacionales, los contrapesos institucionales, el respeto a las minorías o la cortesía parlamentaria serían reliquias de un mundo ingenuo. Trump no inauguró esa corriente, pero la ha llevado a una escala mayor. Se salta el derecho internacional, que es papel mojado, sin duda, pero es el único que existe, y actúa como si la voluntad bastara para sustituirlo. Bush se inventó un pretexto para convencer a la ONU de que había que invadir Irak, pero mentir era todavía una forma de respecto a la ley. Lo novedoso es que Trump no disimula. No hay coartada jurídica que encubra los hechos.