Si se midiera el grado de afecto acumulado por una persona en vida según el dolor que causa su muerte, si eso fuera un termómetro irrefutable de cariño, la despedida a Manuel Ruiz Luque el pasado sábado en Montilla, ciudad que retrató durante siete décadas y de la que era Hijo Predilecto, daría fe exacta de lo mucho que lo querían sus paisanos. Y los que no lo éramos también, porque este hombre modesto y bueno, que pasará a la historia como el bibliófilo que, de forma callada y constante, logró reunir una de las mejores bibliotecas privadas de España para cederla luego a su pueblo, valoraba la amistad por encima de todo. Y la practicaba con entusiasmo, compartiendo cordialmente su colección con cualquiera que llamaba a la puerta.