Ultima Forsan

Dentro de cien años los historiadores buscarán en los periódicos qué pensábamos de la guerra. Dentro de cien años habrá pasado el tiempo necesario para que parezca fácil lo que había que pensar, porque creeremos que sabemos la verdad. Ayer compré el pan y vi un insecto pequeño saltar de una barra a otra, mientras me ajustaba un guante obligatorio para acercar mi mano. Leí libros de otros temas, defendí un juicio mundano, di un pésame, monté en bici para ahorrar gasolina. Veo los acontecimientos distante, como los datos de un caso práctico de moral. Cien niñas que se despidieron de sus padres por la mañana -¡siempre tarde, siempre igual, termina el desayuno, ¿todavía sin zapatos?- y estaban perdidas en sus pensamientos o sus miedos oyeron, tal vez, un motor y un ruido, inconexos con la bomba que las mató en su colegio. ¿Qué conciencia puede soportar eso? ¿Qué poder de algunos, con sus zafias bocas manando mentiras, te trae la muerte desde otro punto del mundo? Sin el manto del poder, casi todas las acciones de los gobernantes se juzgarían como delitos zafios y evidentes. Pero vivimos en la ceguera de que la paz es fruto de nuestra virtud, cuando lo es de la violencia en alguna de sus formas. El derecho es violencia, porque no hay otra forma de que se obedezcan las leyes y se paguen los impuestos. El que usa el poder, sencillamente, ve a los demás más pequeños conforme más lo aupa ese poder que tiene. No sorprende la exaltación del que se jalea a sí mismo y sale espoleado a pelearse e iniciar una guerra. No lo hace la blandura de la gente de igual poder que los condena. Nos gobierna gente pequeña y la Historia les viene grande.