«Parece que ha pasado un tsunami». «Estamos abandonados». Las frases se repiten en Guadalvalle como si fueran parte del paisaje, clavadas en el barro igual que los muebles rotos y los electrodomésticos apilados junto a las puertas. Ha pasado un mes desde que los vecinos tuvieron que abandonar sus casas por la crecida del río y más de dos semanas desde que pudieron regresar. Tras el golpe inicial —el fango entrando, el agua llevándose por delante el esfuerzo de toda una vida—, el shock ha dado paso a otra cosa: el cansancio y el enfado. En las calles Las Tórtolas y La Perdiz, las más afectadas por estas y anteriores inundaciones, la palabra que más se escucha es «abandono».