A primera vista, las represalias del ejército iraní ante la guerra iniciada contra sus dirigentes por Israel y Estados Unidos el 28 de febrero parecen descontroladas y caóticas : fuego contra los aeropuertos de Abu Dabi o Kuwait, ataques contra hoteles de lujo o barrios que albergan a numerosos trabajadores migrantes de Dubái. ¿Podría ser esta respuesta indiscriminada, que combina objetivos militares y civiles, una señal de que el aparato militar está fuera de control tras la muerte de la mayoría de sus mandos? Aunque el ejército iraní parece estar funcionando sin liderazgo, sus operaciones de los últimos tres días no se han llevado a cabo al azar . Al atacar las infraestructuras económicas y energéticas de las petromonarquías del Golfo , y también los intereses europeos, pretende ejercer presión sobre los Estados de la región y, en general, sobre toda la economía mundial. A pesar de la muerte de una treintena de altos mandos, asesinados en junio de 2025 durante la “guerra de los doce días”, Irán y sus aliados (Hezbolá y las milicias iraquíes) han llevado a cabo, en pocos días, ataques de represalia en el territorio de diez países : en Israel, pero también Arabia Saudí, Baréin, Chipre, los Emiratos Árabes Unidos, Irak, Jordania, Kuwait, Omán y Catar. Se han visto afectadas las bases militares estadounidenses, pero también británicas (en Chipre), italianas (en Kuwait) y francesas (en Abu Dabi); sin embargo, en el caso de la base francesa, la ministra de Defensa ha dado a entender que no había sido atacada deliberadamente. Algunas cifras permiten medir el ritmo sostenido de esos ataques iraníes. Durante la “guerra de los doce días”, el ejército iraní lanzó una media de 45 misiles y 80 drones diarios. Esta vez, según el recuento de la agencia Bloomberg, ha disparado más de 1.200 proyectiles (misiles y drones) en cuarenta y ocho horas. Esos misiles y drones (y sus restos, cuando fueron interceptados por sistemas de defensa antiaérea) han alcanzado numerosos objetivos civiles. Además de hoteles, aeropuertos, puertos y barrios residenciales, los drones atacaron dos instalaciones del mayor productor mundial de gas natural licuado, QatarEnergy , que ha anunciado la suspensión de su producción; la refinería de Ras Tanura en Arabia Saudí , que ha tenido que cerrar temporalmente; un centro de datos de Amazon en los Emiratos Árabes Unidos, que también ha parado; o varios barcos, entre ellos un petrolero que navegaba cerca del estrecho de Ormuz, lo que provocó la paralización casi total del tráfico en este corredor clave para las exportaciones de productos petrolíferos y gasísticos de los países del Golfo. Esos ataques han perturbado gravemente el tráfico aéreo y marítimo mundial , han provocado un aumento de los precios del petróleo y el gas, y probablemente tendrán importantes consecuencias a medio plazo para las economías de los países de la región , basadas en la energía, pero también en el turismo, las nuevas tecnologías y la presencia de trabajadores extranjeros. Ese era precisamente el objetivo del Gobierno iraní , según varios especialistas en Irán. “Para recuperar cierta influencia, incluso mientras el país sigue siendo bombardeado, Teherán está desplegando su estrategia comprobada de intensificar los ataques contra las infraestructuras energéticas y económicas de sus vecinos, con la esperanza de crear presión e incentivos para la diplomacia”, observa Suzanne Maloney, analista del think tank Brookings Institution. “Para el régimen iraní, herido y ensangrentado, está en juego su existencia”, añade la analista. “Imponer altos costes a Washington, a sus vecinos y a la economía mundial es su estrategia de supervivencia”. “Las operaciones militares regionales de Irán no son aleatorias . Son señales deliberadas de sus intenciones. Al ampliar la geografía del riesgo, Irán pretende aumentar el coste colectivo del conflicto” , coincide Ali Hashem, investigador asociado de la Royal Holloway de la Universidad de Londres. Un viejo principio de negociación y resolución de conflictos establece que, para resolver los problemas propios, hay que conseguir que se conviertan también en los de los demás. La República Islámica parece que lo está aplicando metódicamente: para que el resto del mundo le ayude a poner fin a la ofensiva de Tel Aviv y Washington, debe pagar con ella el precio de esta agresión. Esta estrategia, que tiene como objetivo presionar a Estados Unidos e Israel a través de sus aliados , parece que ya funcionó en el pasado. La “guerra de los doce días” terminó tras un ataque simbólico (el ejército iraní había avisado a Doha) contra una base estadounidense en Catar. El ejército iraní puede volver a aplicar esta estrategia de respuesta, a pesar de los enormes medios empleados para destruirlo, gracias a dos bazas: su capacidad para operar incluso habiendo perdido a sus principales líderes y su arsenal de drones. “Los estrategas iraníes llevan mucho tiempo teniendo en cuenta los ‘ataques de decapitación’ , mucho antes del conflicto actual. Hace varios años se aprobaron planes de emergencia para una estructura de mando descentralizada, lo que permitiría a las fuerzas armadas —incluidos los sistemas de mando de misiles— operar […] incluso si el mando central se ve perturbado”, observa Ali Hashem. Tras el asesinato de numerosos altos oficiales en junio de 2025 y, posteriormente, de su jefe de Estado Mayor, Abdolrahim Moussavi, el 28 de febrero, el ejército iraní no solo no se ha desmoronado, sino que, al contrario, parece calibrar mejor sus represalias . Según el ejército israelí, las fuerzas iraníes han modificado sus ataques, que consisten en andanadas de entre nueve y treinta misiles —frente a los dos o tres por andanada de las primeras horas del conflicto—, con el fin de saturar las defensas aéreas de los países atacados. Si bien ese arsenal de misiles (aproximadamente 2.500 misiles balísticos de medio alcance, según las estimaciones) no es infinito, el arsenal de drones kamikazes Shahed , en cambio, puede durar mucho más tiempo. El Estado iraní poseería varios miles y seguiría produciendo unos cincuenta al día. Esos drones infligen daños considerables a los países del Golfo, a un coste relativamente bajo . Por el contrario, los misiles interceptores utilizados para destruirlos son muy costosos (entre 400.000 y 3,4 millones de euros por unidad) y más difíciles de reemplazar. Los Emiratos Árabes Unidos lo están experimentando. El país afirma haber logrado interceptar el 92 % de los drones y misiles lanzados por Irán hacia su territorio desde el 28 de febrero. Una hazaña que le ha costado a su ejército... unos 2.000 millones de dólares, es decir, entre cinco y diez veces más que el precio de las armas utilizadas por Irán para atacarlo, según los cálculos de la investigadora Kelly Grieco (Universidad de Georgetown). El ejército iraní ha hecho, por tanto, la única apuesta que considera capaz de ganar: la de una guerra asimétrica, muy costosa para sus adversarios y dirigida prioritariamente contra los aliados de Estados Unidos. Pero, por muy lógica que sea, esta apuesta no está ganada. Al atacar masivamente a tantos Estados que deseaban mantenerse al margen de cualquier enfrentamiento armado, Teherán corre el riesgo de hacerlos pasar definitivamente al bando contrario. “Irán estaba seguro de que esta presión psicológica funcionaría, de que asustando a las monarquías árabes podría tener éxito. Pero parece que esta vez la situación es diferente”, opina Nikolay Kozhanov, profesor del Centro de Estudios del Golfo de la Universidad de Qatar. El lunes 2 de marzo, el diario emiratí The National titulaba : “Cómo perder seis vecinos en menos de veinticuatro horas: Irán se convierte en un paria tras sus ataques en el Golfo”. Traducción de Miguel López