Los límites de la palabra

Hace algún tiempo encontré, arrojado sobre una acera del Rastro, un libro cautivador. El título lo dice todo: Cuarenta grandes artistas retratan a sus madres . Cuarenta pintoras y pintores consagrados que, en algún momento de su vida, pusieron en lienzo el rostro de sus progenitoras. Pasan por las láminas del libro diferentes estilos, técnicas, nacionalidades, épocas históricas... pero es igual: cuando uno cierra el libro tiene la extraña sensación de que solo ha visto un cuadro; el mismo cuadro repetido cuarenta veces. Y es que el retrato de una madre, como motivo pictórico, es el paradigma que nos muestra las limitaciones del arte figurativo. Por más que el artista comprometa sus mejores esfuerzos en reproducir la imagen fiel de su madre, resulta inevitable que el vínculo con la modelo, por inquebrantable, trascienda a la pintura. Uno observa estos cuadros con un mínimo de atención y termina conociendo a la familia entera. Cuando el artista pinta a su madre, en realidad está pintando lo que piensa de ella, los sentimientos que le inspira. A través de los ojos del hijo, sabemos cómo era la madre, indulgente o severa, cariñosa o abnegada... Todo está en la imagen pintada. El motivo fuerza el expresionismo: en definitiva, el cuadro no retrata a una señora; retrata la relación materno-filial. Entre todos los cuadros, probablemente uno de los más destacados sea el que James Whistler pintó a su madre Ann McNeill en 1871. La sobriedad apabullante del cuadro, donde la madre aparece sentada de perfil, es de una sencillez sobrecogedora y anómala. Todo parece fuera de lugar: una silla descentrada, un cuadro colgado en una pared desnuda, una extraña cortina... La vestimenta de la mujer, propia de un puritano del Mayflower, parece remitirnos a tiempo atrás. Hay una cierta incomodidad en la composición. Las piezas comienzan a encajar cuando nos dicen que Whistler llevaba una vida bohemia y libertina en Londres hasta que su madre decidió venirse de América, de donde era, y meterse a vivir en casa del hijo, a quien desde ese momento se le terminó la fiesta. Todo eso está en el cuadro. La fama de Whistler se debe, en buena medida, a este retrato de su madre aunque, para ser justos, pintó otros cuadros excelentes. Tal vez su mayor mérito radica en su afán por encontrar un estilo propio y diferenciado , en donde alcanzó cotas con las que calificarlo, sin duda, como un adelantado a su tiempo. En la Inglaterra imperial de la segunda mitad del siglo XIX, fue testigo del ascenso de la Hermandad Prerrafaelita, que nunca lo aceptó en su seno, tal vez por americano, tal vez por vanidoso, aunque pintó algún cuadro, como La princesa del país de la porcelana , que apuntaba a un acercamiento. Y aquí es donde viene lo más maravilloso de la historia. Buscando superar los perímetros de la pintura tal y como se había conocido hasta entonces, James Whistler se atrevió a pintar lo que no existe, lo infinitamente efímero, un relámpago de nada, unos fuegos artificiales estallando sobre la campiña inglesa. Llamó a su obra Nocturno en negro y oro: el cohete cayendo . Aún hoy, el cuadro, que se exhibe en el Detroit Institute of Arts Museum después de unas vicisitudes más bien azarosas, llama la atención por su atrevimiento; parece una partitura de Debussy puesta en lienzo. Es extraordinario, sobre todo valorando que coincide con el momento en que Dante Rossetti estaba pintando su Proserpina. Frente al detalle inmaculado y prístino de los prerrafaelitas, que anticipaba el ‘art nouveau’ y el modernismo, la propuesta abstracta de Whistler iba dos pasos por delante. La pintura cayó, efectivamente, como un cohete que estalla. La historia es conocida: John Ruskin, poderoso crítico de arte, mentor preminente de la Hermandad, académico y muchas cosas más, le dedicó al cuadro una crítica demoledora: “nunca pensé escuchar que un engreído se atreviera a pedir doscientas guineas por arrojar una lata de pintura al público”. Y Whistler le demandó por difamación . Estamos en 1878. Sin ánimo de exagerar, podríamos decir que si el procedimiento de Oscar Wilde contra el marqués de Queensberry definió el encuadre ético de la época victoriana, el procedimiento de Whistler contra Ruskin delimitó el encuadre estético de dicha época y, de paso, los límites de la difamación: qué se puede decir y qué cosas han de callarse. ¿Quién tenía razón? Como sucedería años después con el juicio de Oscar Wilde, los abogados del demandado, en este caso Ruskin, tuvieron la inteligencia de darle la vuelta al debate, centrar las discusiones en torno a las habilidades artísticas de Whistler, instalar la pintura (y no el libelo difamatorio) en el centro del debate y, en definitiva, colocar al demandante a la defensiva. Desde ese momento Whistler estaba perdido, porque era muy difícil que un jurado apreciara los méritos del cuadro; lo más probable era que no lo entendiera, como de hecho no lo entendió. La decisión judicial fue salomónica y, si se me permite, muy inglesa: formalmente, estimó la demanda y dio la razón a Whistler, porque las palabras de Ruskin habían excedido los términos de la decencia; sin embargo, en el fondo, el jurado concluyó para sí mismo que el cuadro era realmente una porquería y condenó a Ruskin a pagarle un cuarto de penique como indemnización. A pesar del tiempo transcurrido, es posible que este antiguo pleito nos ofrezca pautas para valorar, hoy en día, los contornos de la difamación y del insulto . A día de hoy, nos parecerá inocuo el comentario de Ruskin, pero en aquella época la expresión ( a pot of paint in the public´s face ) sonaba realmente dura; era un insulto que hacía daño. Convendremos, a riesgo de parecer muy antiguos, que una convivencia en sociedad, como la que nos hemos dado entre todos, necesita dotarse de determinados límites en el uso de la palabra. No necesitaríamos acudir a las proclamas de dignidad de las personas y el respeto que les es propio; sin llegar a tanto, bastaría con quedarnos con la evidencia de que la palabra hace daño. Igual que un cuchillo, igual que una espada, nos recordará Wilde en la balada de la cárcel de Reading, prisión a la que, por cierto, llegó a causa de una sola palabra ( sodomite ) escrita en un tarjetón. A nivel individual, una palabra puede terminar con reputaciones inmaculadas; a nivel social, puede deteriorar la convivencia hasta hacerla insufrible. El daño que causa la palabra se ha ido frivolizando, siendo menospreciado cada vez más en el consenso social, al entender que debe ceder su prioridad a la majestad de un derecho prioritario, que es la libertad de expresión. Está fuera de duda que esta libertad es fundamental para entender la idea de democracia ; sin embargo (¡y cómo duele un sin embargo justo aquí!) será preciso recordar que la expresión cuya libertad se garantiza constitucionalmente se centra en la comunicación de ideas, conocimientos y opiniones, pero no en la expresión de insultos, infamias y bulos. Tampoco en la expresión de hechos que, aun ciertos, atentan contra la intimidad ajena y no interesan a nadie. Recuerdo que hace muchos años, tras un accidente aéreo, ciertos periodistas se ensañaron con el piloto fallecido, denigrándolo públicamente. Le llamaron cachondo mental, maleducado, grosero, adúltero y amante de la cerveza. El Tribunal Constitucional sentenció (STC 172/1990) que aquello no se podía decir; que tales expresiones no estaban abarcadas por la libertad de información porque eran hechos vinculados a la intimidad personal y no tenían relevancia pública alguna . No interesaba a nadie si había abandonado a la mujer o si bebía cerveza. Hoy, una sentencia semejante parecería casi una provocación. La libertad de expresión ha ganado la batalla de manera aplastante , ampliando los contornos de lo permitido hasta extremos insospechados. Esta victoria en parte nos congratula y en parte nos deja un poso algo amargo: no es que hayamos llevado a la palabra hasta el linde de la irrelevancia, considerando que no hace daño. Al contrario, la infamia y la intromisión siguen siendo un puro horror; lo único es que ahora, en aras de la libertad de expresión, hemos condenado a la víctima a soportar el daño que suponen. De esta forma, hoy una presidenta de una Comunidad Autónoma española puede llamar hijo de puta al presidente del Gobierno sin que nadie le llame la atención . La única respuesta de su superior jerárquico en el partido ante este desplante fue irse al Garufa a cantar la misma infamia. Gente del Partido Popular se permite inundar de nausea el discurso político contra el ministro del Interior, llamándolo encubridor de violadores, sin que pase nada. Gente de Vox amenaza con dar patadas y quemar con lanzallamas. Y hemos visto cómo la Justicia, con sorpresa de nadie, se absuelve a sí misma de los insultos que profieren sus miembros contra políticos de izquierda. De la misma manera, el ámbito de la intimidad como reducto vedado a la mirada ajena se ha achicado notoriamente: no parece haber reserva a la hora de publicar información personal, conversaciones privadas, mensajes íntimos, domicilios, vínculos, confesiones de familia... La transparencia ha puesto en la palestra nuestra existencia privada; el puritanismo, nuestros vicios reservados. Todo debe ser conocido. La intimidad se convierte en un trampantojo, un arma arrojadiza. Estamos rodeados. En los últimos días leo entrevistas (a José Antonio Griñán, a Ana Belén, a tantos otros) que se lamentan de la pérdida de las formas en el ámbito de las relaciones sociales. La democracia son las formas, dijo Griñán. De nuevo, esto parecerá muy boomer , pero realmente nos estamos acercando a una situación de asfixia tal en el debate público, que probablemente haya que repensar el marco en el que colocamos la frontera entre la infamia y la libertad de palabra. Tal vez haya que retomar la sabia idea que destilaba aquel veredicto que cerró el asunto Whistler contra Ruskin : le dio la razón a Whistler porque la frase del crítico era infamante, pero condenó a Ruskin a pagar la menor indemnización posible porque, para el jurado, lo que había dicho era cierto. En la evidencia de que las palabras son capaces de causar un daño injusto, concluyamos entre todos que no todo se puede decir, aunque sea verdad. _________________ Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal; no ha escrito ningún libro .