Palabras y realidad

Todo agobiado, me preguntas cómo me las apaño para no extraviarme en esta manipulación de apariencias en la que vivimos, donde lo blanco es en realidad negro; lo bueno, malo; lo revolucionario, oportunista; lo profundo, superficial; y lo brillante, estúpido, necio, cretino, imbécil. Sí, la cosa no es fácil. A mí me ha costado mucho tropiezo, mucho quedarme con cara de alelado. Hasta que hallé la manera de distinguir la verdad entre tanta pose de tanto cantamañanas que dice haber inventado la pólvora. El secreto es muy sencillo: simplemente no oigas lo que dicen, sino mira lo que viven. Porque para ellos hablar es lo más fácil de su mentira, con su cáscara, su máscara y su maquillaje de serios, de comprometidas, de revolucionarios. Tú no mires la realidad con los oídos, sino con los ojos. Tú mira cómo viven, y verás cómo se te aclaran las ideas y se te despejan todas las dudas. ¡Hay tanto ácrata de salón! ¡Tanta revolucionaria del sistema! ¡Tanto artista que quiere hacer creer el papel que representa! ¡Tanta abanderada de izquierdas que vive como la mejor de las derechas! ¡Tanto que se erige en luz del pueblo y el pueblo le importa una eme! Porque su verdadero objetivo, que cumplen en la realidad, es vivir bien, vestir bien, mirarse bien, subir, triunfar, enriquecerse, y a medida que sucede esto, aumenta su palabrería, y a media que aumenta su palabrería, verás que ésta se va volviendo más rococó, más histriónica. Siempre sonríen al pueblo, pero su sonrisa es su manera de esconder la risa que les da cuando nos ven trabajar para ellos, gritar para ellas, pelearnos para ellas, perder la vida para ellos. Porque para ellos y para ellas sólo valemos su risa de ser sus esclavos.