"Begoña Barrio (vecina de Treviño):"Cuando los recursos escaseaban, lo que había se compartía"

Con motivo del 8 de marzo, la Diputación Foral de Álava rinde homenaje a las mujeres de las distintas cuadrillas del territorio. Un reconocimiento a aquellas que, como Begoña Barrio, de Treviño, "desde lo cotidiano, desde el trabajo silencioso y constante han sostenido durante décadas la vida de nuestros pueblos". Ella misma relata en primera persona a COPE Euskadi cómo era la vida para una generación de mujeres para la que el trabajo no era una opción, sino la vida misma. Begoña recuerda cómo era un día normal para la mujer en el Treviño de su juventud. La jornada comenzaba con las tareas de la casa, como preparar el almuerzo y la comida, para después atender a los animales. Por la tarde, tocaba trabajar en el campo. No había descanso, ya que, según explica, "los domingos a también a trabajar, a atender la casa, y también había animales, y había que atender a los animales, que los animales domésticos era la mujer la que se ocupaba de ellos". Si algún día no iban al campo, era porque "tenían que hacer la colada". Una tarea especialmente dura que se realizaba a mano, sin importar las condiciones climáticas. "Y lavar a mano, claro que no había lavadoras", puntualiza Begoña. Las familias vivían de lo que producían. "Yo nací en casa de labradores", cuenta Begoña. La mujer, además de las tareas del campo, gestionaba una parte importante de la economía doméstica criando cerdos para la matanza, gallinas para tener huevos o preparando conservas con los productos de la huerta propia. Los huevos, a veces, servían como moneda de cambio para conseguir pescado, aunque no siempre el trato era justo: "El precio de los huevos los ponía el pescatero. Ya protestaban las mujeres y regañaban un poco, a ver si sacaban algún céntimo más". El pan también se hacía en casa, otra labor femenina. Quien no tenía horno particular, acudía al "horno a la villa", que era público y se usaba por turnos. Para no confundir las hogazas, "en algunas casas había un sello con el nombre del hombre y apellido, y marcaban las otanas para saber de quién era cada una". Pero si algo caracterizaba la vida en los pueblos era la red de apoyo entre vecinos. Cuando los recursos escaseaban, la comunidad respondía. "Cuando a ti te faltaba la levadura, pues otra vecina te daba, te prestaba la levadura", explica Begoña. Esta ayuda mutua era la base de la convivencia. No se trataba de un intercambio comercial, sino de un préstamo que se devolvía en cuanto era posible. "Y otra vez era al revés", añade. Lo mismo ocurría con el pan: si una familia se quedaba sin él, no tenía más que pedirlo. "Ibas a una casa de una vecina, oye, pues, te daba una otana de pan. Y luego, cuando tú hacías el pan, pues le devolvías ese pan", concluye.