Un Citroën GS y la flota de Boston

El primer coche que recuerdo de mis padres es un Ford Escort blanco de cinco puertas. No me preguntes por características técnicas, que malamente me sé las del mío: he buceado por internet y creo que era el de la serie IV. Vale, sí, estaba bien –la tapicería menos–, pero hacía el ridículo al lado del mejor que había en la familia (lo digo por estética, en serio que no entiendo mucho de vehículos a motor): el del tío Tomás, un hermano de mi abuela. Era un Citroën GS de color cobrizo y, para lo que me interesaba a mí, tenía dentro una nave espacial, con decenas de pilotos de colores. Una fantasía.