Al mediodía del 12 de febrero, Mari Dulce pasaba el rato viendo la tele en el salón de su casa, una vivienda rústica de techos bajos y vigas de madera en El Higueral. Unas 200 almas ven la vida pasar en esta pequeña aldea de Iznájar donde el tiempo se mide en pasos cortos y lentos, como en todos los sitios con cuestas. Era un viernes cualquiera, con buen tiempo -por fin- después de tres semanas de temporales que habían dejado hasta 1.000 litros por metro cuadrado; los vecinos lo han calculado porque muchos tienen un pequeño huerto donde es fácil instalar un pluviómetro casero. Las calles hablan de lo mismo con la voz de los regatos, las fuentes o el lavadero. Hay mucha agua, quizás demasiada.