Ya sé que el cerebro no está diseñado para la felicidad, sino para la supervivencia. Pero no creo que eso sirva de coartada para justificar a quienes se empeñan en amargarnos la vida. Por un lado, tenemos las modernas plagas de Egipto que sabotean la vida cotidiana de miles de personas; pueden ser las listas de espera en la sanidad, la mierda que se desparrama por Internet o, desde luego, el nefasto funcionamiento de Rodalies que, por cierto, dado el tiempo que hace que dura, debería servir de mordaza a tantos exégetas de los supuestos privilegios catalanes. Y, por otro lado, la política sigue acumulando momentos donde la dosis de veneno ya resulta insoportable; por ejemplo, la comparecencia de Feijóo en la comisión parlamentaria de la dana, uno de esos días para pintar de rojo en el calendario del hartazgo. Hay que tener un cuajo de campeonato o muy mala sangre para, después de un año sosteniendo al impresentable de Mazón, esparcir mierda en todas direcciones y aprovechando, además, la tragedia de Adamuz. Descarrilamiento contra riadas. España no es país para autocríticos; ni para sutilezas.