Paseando a la yaya

El tiempo da una tregua tras días de incesantes lluvias y furiosos vientos en los que casi acabamos con branquias y croando en lugar de hablar. Inicio el hábito, la rutina del paseo cotidiano por la Glorieta para mantener la mente activa. Disfruto del apacible atardecer radiante de luz, acariciando el aire blando una energía vitalista moviendo las ramas de palmeras y árboles cuyo «frufrú» actúa como bálsamo sobre los ánimos. La inmersión en ese espacio de encuentro provoca que mis reflexiones sean más variadas sobre la vida serena y digna que contemplo, un proceso de interiorización. Experiencia placentera destinada a neutralizar mi ritmo de actividad y adquirir paz, con el reencuentro de una existencia que debido al caos habitual se disipa en aspectos inesenciales. Es un paseo agradable por la plaza en el que observo el desfile humano. Gente que charla ruidosamente, muchos sentados en las terrazas, las apuradas carreras de los que andan con prisas a sus compras. Solitarios pensativos rumiando sus cosas, la chiquillería con sus carreras y risotadas salpicándose con el agua de la fuente. Ancianos de andar pausado que disfrutan del huidizo y acariciante sol. Lame la pituitaria el fuerte aroma a café de los establecimientos que abrazan la Glorieta, así como el tentador a bollería y dulces varios que me hacen salivar. Todo aquello es una película, metáfora de la vida misma que me conecta con esa marea vital.