'Gigante', una función a medida

Mark Rosenblatt, director de sólido prestigio en la escena británica, eligió como protagonista de su primera obra como autor a Roald Dahl, el autor de obras de tanto éxito como 'Matilda' o 'Charlie y la fábrica de chocolate' . Elige como escenario el verano de 1983, cuando, dice el propio Rosenblatt, Dahl, de 67 años, se acaba de divorciar de su mujer después de treinta años de casados, se ha prometido con su amante, Felicity 'Liccy' Crosland, con quien llevaba once años; sufría dolores físicos constantes, padecía unas interminables obras de reforma en su casa y tenía que entregar su nuevo libro. Por si esto fuera poco, una reseña de un libro con fuertes expresiones antijudías y antisemitas le había acarreado feroces críticas y amenazas por parte de varios libreros de no vender sus libros. Esto motivó la visita al escritor de su editor británico y de una enviada de su editor estadounidense para intentar convencerle de que rectificara. Y éste es el conflicto elegido por Rosenblatt para su función, que tiene en el enfrentamiento, por momentos agrio y salvaje, entre Roald Dahl y la enviada estadounidense -judía para más señas-, su columna vertebral. Es, sin duda, la parte más atrayente de una función de perfume británico -dicho sea como elogio-, muy clásica en su planteamiento y sus diálogos, y con una arquitectura teatral difícil de encontrar hoy en los escenarios españoles, donde domina otra manera de hacer teatro (ni mejor ni peor, simplemente distinta). La función, que alcanza su cenit al final del primer acto y navega en aguas plácidas en el segundo (se sirve con descanso, otra novedad hoy en día), es un perfecto vehículo para disfrutar de un actor superlativo como es José María Pou. El intérprete catalán atrapa a Roald Dahl, lo devora , y se lo presenta al espectador bajo su propia apariencia; es un anciano gruñón, intolerante, al que todo lo que le rodea aumenta su mal humor, pero también un hombre capaz de herir con una sola palabra y con una ironía rayana en el sarcasmo, y al que nadie se atreve a contradecir. Pou domina gestos y acentos, climas y tonos, en una interpretación -acaso la última- verdaderamente admirable.