Herencia viva

Subíamos la calle a ritmo constante, yo siempre de la mano de mi abuelo Narciso. Había primero un pasillo que me parecía muy largo, con todos los nichos a derecha e izquierda, varias filas una encima de otra y flores de plástico asomando. Me lo pasaba bien, allí podía corretear, aunque no solía hacerlo. Él apenas hablaba y yo lo observaba y, en el fondo, imitaba sus movimientos de solemne ceremonia. No sé de dónde lo sacaba, pero aparecía siempre un trapo blanco que cogía de una esquina con la mano derecha y crujía seco en el silencio cuando lo sacudía una vez, y un bote de limpiacristales. Había cogido los jarrones con las flores, las fotografías de esa niña sonriendo a cámara y retirado todas las acículas que habían caído alrededor. Me daba el trapo y me ponía a abrillantar cada florero, solo eran un poco más grandes que mi mano pueril. Soplaba cada esquina, cada recodo de ese nicho, de arriba abajo, de izquierda a derecha, siempre el mismo orden. Humedecía el trapo muy despacio, y limpiaba el cristal de la tumba con esmero y tanta dignidad, que incluso ahora se me eriza el vello de la nuca solo de recordarlo. Creo que pasaban unos minutos. Reordenaba las flores y me pedía los objetos nombrándolos: el marco dorado, el jarrón blanco, la foto pequeña, la cruz de madera, el otro jarrón, la Virgen del Carmen. Cada foto, besada; por el resto, presignado. Cuando nos poníamos de pie todavía se escuchaba menos; me parece que los árboles se paraban y el aire se sentaba. Vamos, que la abuela espera, me decía. Ella nunca venía. Me sentía muy querida, aunque mi abuelo apenas hablaba conmigo los días de esos paseos. Hoy me sirve de herencia viva, que es lo que más me importa.