Cada 5 de febrero, Bogotá le recuerda a América Latina que la movilidad también puede ser una decisión cultural. Cuando el Día sin Carro comenzó, hubo resistencia: calles semivacías, comerciantes temerosos, ciudadanos incrédulos. Se decía que la ciudad colapsaría, que era una medida romántica, simbólica, sin impacto real.