Muchos de los lectores recordarán los tiempos aquellos en los que cuando teníamos que transcribir un mensaje, una idea, o el texto que fuera, recurríamos a lo que todos teníamos en nuestros despachos, que era una simple máquina de escribir. Era un instrumento que todos lo teníamos configurado como la auténtica herramienta en la que plasmábamos nuestro trabajo diario para poder elaborar escritos del tipo que fueran, tanto para nuestras actividades laborales como personales.