Ernest Hemingway, ‘Adiós a las armas’ y unos macarrones a los cuatro quesos

Una vez fuera cruzamos la ladrillería corriendo. Una granada estalló junto al río. Luego estalló otra casi encima de nosotros, de forma inopinada, ya que ni la oímos venir. Nos tendimos contra el suelo y, a un tiempo, captamos el destello, el choque de la explosión, el olor, el silbido de los diversos estallidos y la crepitación de la lluvia de ladrillos. Gordini se incorporó y corrió hacia el refugio, le seguí llevando en la mano la bolsa de queso, cuya superficie estaba cubierta de pequeños fragmentos de ladrillo. En el refugio los tres conductores de ambulancia estaban fumando, apoyados contra la pared. Saqué mi cortaplumas, limpié la hoja y raspé la superficie del queso, algo sucia. Gavuzzi me ofreció una fuente de macarrones (pasta asciutta) y le dije de ponerla en el suelo para que comiésemos todos a la vez. Partí el queso y puse los pedazos encima de los macarrones... Llevé un puñado de éstos a mi boca, di un bocado y empecé a masticarlos. Luego tomé un trozo de queso, lo mordí y bebí un trago de vino…».