Que los dirigentes políticos no están ahí para defender los intereses de los ciudadanos es algo tan nítido que dudo que alguien pueda discutirlo. A qué intereses sirven ya es materia de estudio, porque ninguno se presenta a las elecciones exponiendo con claridad quién es y qué quiere. Hay que esperar y observar sus movimientos para determinar cuál es su deriva. Por eso a veces los mandatos de cuatro años -no digamos los siete años de la presidencia francesa- se hacen interminables. Emmanuel Macron goza hoy de una popularidad del 23 por ciento, es decir, que el 77 por ciento de sus conciudadanos lo aborrecen.