La densidad preciosa de todo lo vivido

Nada pasó de puntillas. Todo quiso quedarse. Durar más de una vida. Apretar bien las manos. Todo duró en caer como una casa tarda en romperse por dentro mientas su fachada parece intacta. Todo ha sido tan denso en estos últimos veinticinco años que han durado casi lo que dura un siglo entero. Nada avanzó como hubiésemos querido, pero todo ocurrió y se sedimentó. Todo dejó su poso en las gargantas. Todo se volvió definitivo. Las cosas ocurrieron como sucede el musgo en una tapia antigua, sin prisa, pero para siempre. Y aprendimos a escuchar el vértigo del mundo. Ese susurro ultrasónico que no sale en los telediarios y decide el rumbo de las vidas. Ese ruido tan parecido a una cocina a las ocho de la mañana de un miércoles cualquiera. Como decía Gloria Fuertes: Hay que tener a veces mucho valor para seguir viviendo un miércoles cualquiera, un miércoles cualquiera.