La última botería de Madrid se reinventa como oasis de creatividad compartida: “Hago feliz a la gente sin producir nada, con algo que simplemente pasa”

El local de 1909 mantiene el nombre, la esencia y gran parte del ajuar con el que trabajaba su anterior propietario, pero ahora en vez de recipientes para vino se hacen simposios, proyecciones, catas, exposiciones o conciertos. En poco más de un año se ha formado una comunidad de más de 140 socios