En ese fino alambre en el que se deciden partidos y temporadas nadie se mueve como el Real Madrid y hay pocos equipos más desgraciados que el Celta, cuyo catálogo de infortunios siempre encuentra nuevos episodios. Quien quiera entenderlo solo tiene que asomarse al cruel desenlace del partido de ayer en el que los vigueses se despidieron primero de la victoria en ese remate al palo de Iago Aspas en el minuto 87 y poco después del punto que tenía amarrado por culpa de un disparo de Valverde en el 94 que se iba hacia la grada de animación y que Marcos desvió de forma involuntaria para alojarse en la portería de un Radu imponente. Una secuencia calamitosa que mantiene al Real Madrid en la pelea por la Liga y que corta la racha de un Celta que complió solo a medias con su plan defensivo, pero que fue incapaz de ejecutar su idea de castigar con el balón a los de Arbeloa. Le faltó algo de descaro y finura con la pelota; y le sobró distancia con la portería rival. Las pocas veces que ejecutó su plan –gracias sobre todo a Williot en el primer tiempo y a Iago Aspas en los últimos instantes– fabricó oportunidades que acabaron en el palo o en parada milagrosa del inevitable Courtois. Pero fueron acciones con cuentagotas en un partido en el que el Celta defendió demasiado tiempo muy cerca de Radu y con buena parte de sus futbolistas enemistados con la pelota, circunstancias que alimentaron a un Real Madrid que, pese a llegar a Balaídos en precario, insistió hasta encontrar el postrero guiño del destino.