El pasado pasa, deprisa a veces, pero pierde peso mucho más lentamente. Esa inercia del pasado empuja todas las reacciones. El pasado de una Ucrania rusa, el peso en Rusia de la memoria sagrada de Kiev, solo tolera un final que mantenga cerca y al acecho la zarpa irredentista. En las sociedades en aparente paz el pasado patriarcal, igualmente al acecho, es para muchos una posición a recuperar a la brava en la guerra entre sexos. El modo feliz de vida basado en el petróleo, aquella sociedad de grandes coches (made in USA, claro), plásticos, asfalto y poliester del American way of life, surgida tras la victoria en la II Guerra, es un peso muerto pero muy vivo en la memoria y quiere regresar como un zombi sin alma, olvidando, eso sí, las libertades que movían su conciencia. Dando fuertes brazadas a contracorriente de los tiempos la razón última de todos los regresos es la brutalidad.