Dios escribe derecho con renglones torcidos, pero a los obispos hay que leerlos entre líneas. El mismo día que se hacía pública la nota doctrinal de la Conferencia Episcopal sobre los nuevos métodos de evangelización y el 'emotivismo', la agrupación parroquial del Cristo de los Desamparados del Santo Ángel arrancó su quinario. El culto público resultó el reverso del peligro que los obispos españoles advierten en algunos retiros de impacto: no hubo emoción. Como dicen los taurinos, «no transmitió». A priori, no es ningún reproche. Se había buscado realzar la función con la participación de un coro juvenil de unas escuelas de Atlanta, en el cinturón de la Biblia estadounidense, que el año pasado cantó en la catedral de Chartres, en Francia. Y al día siguiente actuaba con el coro del conservatorio en el Museo de Artes y Costumbres Populares. Eso figuraba en el pasquín de Juventudes Musicales que se nos ofreció a la salida. Pero no fue una misa cantada porque el coro sólo interpretó el introito, el ofertorio, la comunión y el canto final. Justo lo contrario de lo que escribimos la semana pasada sobre la música litúrgica. Parecía lo que era: una eucaristía en la que se insertaban unas composiciones ejecutadas con convicción y brillantez, pero sin entrar en el corazón de la liturgia. El pueblo fiel se dividía claramente en dos grupos: los hermanos de la agrupación parroquial y los familiares de los niños cantores -a mi vera había un chaval que se había orientado pronto: llevaba la camiseta del bético Antony-, pero a los que se les haría interminable la homilía del que fuera rector de la basílica del Cachorro antes de incardinarse en la diócesis de Málaga. A este cronista, al menos, se le hizo. Tanto, que a los veinte minutos de reloj dejó de tomar notas, deseoso de que el oficiante encontrara la salida y rematara la prédica. ¿El hilo conductor? La humildad, pero entreverada con tantos «datos curiosos», digresiones, paréntesis bíblicos, sucedidos personales (como la vez que escuchó a Madre Teresa de Calcuta), referencias al miserere y al rey David que el sermón discurrió con tantos meandros que no desembocaba nunca. La pormenorizada exégesis del episodio del censo de Israel ordenado por David y el consiguiente castigo divino que está en el capítulo 24 del segundo libro de Samuel nos devolvió al tiempo ordinario porque ese pasaje se lee el miércoles de la cuarta semana, que este año cayó el 4 de febrero. También hubo miradas al Evangelio y a la primera lectura del día: en 21 minutos cabe mucho. Por ejemplo, 'mitzvot', que es el conjunto de preceptos positivos y negativos que regulaban las costumbres del pueblo de Israel en tiempos de Cristo, y Luisa Picaretta, una sierva de Dios de la Apulia italiana cuyas revelaciones privadas también mencionó de pasada. Aunque no hizo mención de los titulares ni sus advocaciones, que es lo acostumbrado, en ningún momento. Al final, lo más emocionante resultó ser el homenaje a Manolo Rodríguez Rubio, hermano de la agrupación y fiel devoto por cuya alma se ofreció la misa. Si bien la dedicatoria del cuadro que se le regaló a la viuda Encarnita y leyó en alto fray Juan Dobado, el prior carmelita, da que pensar que el finado no necesita más sufragios: «En la certeza absoluta que nos da nuestra fe, Manolo descansa en el corazón del Señor de los Desamparados. Ahí descansa eternamente». Permitan que este cronista tiquismiquis tuerza el gesto con lo que tomó al dictado. También arruga la nariz con la reverencia de los acólitos al sagrario ignorando el altar, con la misa ya empezada, y con el beso múltiple al ara del concelebrante y el diácono en la despedida. Detalles que le roban la emoción (de verdad) intrínseca a la liturgia.