El privilegio de la cercanía: más allá de la cuota y el barniz

No existe en nuestras hermandades mayor privilegio que el de ser camarera. En aquellos tiempos en los que la mujer no podía vestir el hábito de nazareno, ni llevar un trono, ni mucho menos soñar con un sitio en la mesa de una Junta de Gobierno, ser camarera era el único camino. ¡Pero qué camino más bonito! Lo recordaba hace poco Ana María Flores en un acto de mi hermandad, a quien siempre he admirado con sumo aprecio.