Todo empezó en 2009 con una profesora Chis Oliveira en el IES Alexandre Bóveda de Vigo. Iba por las aulas y el pasillo con su bata de cuadros puesta, sí la bata que las madres y las abuelas se ponían y aún se ponen ahora para hacer la tareas del hogar o para ir a la finca a recoger unas lechugas o darle de comer a las gallinas. ¿Para qué? Para «visibilizar» el trabajo doméstico, silenciado y no remunerado de las mujeres que formaban parte de las familias de sus alumnos. Mujeres que no tenían derecho a vacaciones ni a jubilación. Ni a un salario ni a una pensión. En un momento en que se hablaba de «lucha de sexos», Oliveira buscó «la conexión emocional» que implicaba la bata para sensibilizar a los más jóvenes de las desigualdades de una mitad de la población. Fue la fórmula clave para «vencer las resistencias que entonces había y todavía hay contra el feminismo», explica la promotora de esta experiencia.