*Desconocer el origen de una pieza de música presupone, de antemano, una interpretación fallida, lejana- y extraña-, tanto para el intérprete como para el auditor. Me ocurrió cuando estudiaba Los muros verdes (1951) de José Pablo Moncayo (1912-1958), el autor del celebérrimo Huapango. El título en sí ya deparaba para mí el reto de asociarlo con el texto musical: encontrar el sentido a la sucesión de bloques armónicos que le otorgan movilidad e impulso a la pieza pianística, comprender la ausencia de melodías en el modo mozartiano (que en ese entonces me tenían subyugado), calibrar los desplazamientos rítmicos que erizan la partitura y lidiar con los peliagudos pasajes en los que campea la bitonalidad. La fortuna me favoreció, por que en esos días de mi penoso “montaje” de Los muros verdes llegó a la ciudad la eximia pianista mexicana, María Teresa Rodríguez (1923-2013), discípula de Carlos Chávez (1899-1978), para dar un concierto acompañada de la orquesta sinfónica de la ciudad, estancia que aprovechó la escuela de música, donde yo era estudiante, para solicitarle una serie de clases magistrales. Yo preparé un Impromptu de Schubert que la maestra Rodríguez terminó de pulir con comentarios sapientes. Uno de los participantes tocó Los muros verdes. Después de escucharlo, María Teresa le preguntó al pianista si conocía el origen y significado del título y de la pieza misma. El joven pianista no lo sabía. La pianista entonces nos develó y disertó sobre el origen de la maravillosa obra: Moncayo era un montañista apasionado, por lo que el título deriva de una excursión que realizó por las faldas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl; habló de la niebla densa, propia de esas latitudes y de los espesos muros de vegetación de diferentes tonalidades de verde (pinos, musgo, capas de hojas superpuestos). Eso explica, continuó diciendo, la sonoridad espesa en muchos pasajes de la pieza, la “niebla armónica”, traducida en acordes en bloque (clúster); explicó el uso que Moncayo empleó del “acorde de Petrushka” de Stravinsky (la combinación de dos triadas mayores, Do mayor y Fa # Mayor, tocadas al mismo tiempo), adaptado a los poliacordes de la pieza. Todas estas características del sonido denso y masivo son los “muros”, representados por la solidez de los elementos del bosque y la pared infranqueable de la vegetación. María Teresa Rodríguez finalizó comparando el patrón rítmico en la mano izquierda con el suelo del bosque, mientras que en la mano derecha se manifiestan pequeños motivos repetitivos, células que se transforman mínimamente en destellos armónicos en el registro agudo del piano, emulando a las ramas en busca de la luz. Existe una espléndida grabación en las plataformas digitales de una versión de Los muros verdes de Moncayo, que grabó María Teresa Rodríguez a finales del siglo pasado.