Cada vez que estalla un conflicto en Oriente Medio, el precio del carburante reacciona con una rapidez casi quirúrgica. Basta una escalada en Irán para que los paneles de las gasolineras cambien en cuestión de horas. La explicación oficial es conocida: los mercados anticipan tensiones en el suministro y el crudo se encarece. Pero si buena parte del petróleo que se está vendiendo fue adquirido a un precio anterior, más bajo, ¿por qué la subida se aplica de forma tan inmediata? Es cierto que el crudo se negocia en mercados como el New York Mercantile Exchange o el Intercontinental Exchange, donde las cotizaciones reaccionan a expectativas futuras. Las compañías ajustan sus precios conforme a esas referencias. Pero una cosa es que los mercados anticipen y otra, que el consumidor asuma de manera instantánea el impacto completo de un encarecimiento que todavía no se ha materializado en los costes reales del producto que está repostando. La experiencia demuestra, además, un patrón difícil de ignorar: las subidas son inmediatas; las bajadas, en cambio, suelen ser graduales. Cuando el crudo cae, el alivio en el surtidor tarda más en llegar. Esa asimetría alimenta la desconfianza y la sensación de abuso. El problema de fondo no es solo el precio, sino la transparencia. ¿Cómo se forman exactamente los márgenes? ¿Qué parte responde a impuestos, cuál a costes logísticos y cuál a beneficio empresarial? Sin información clara y accesible, el ciudadano solo percibe que paga más por decisiones que no entiende ni controla. En contextos de tensión internacional, el Gobierno puede escudarse en la volatilidad global, pero precisamente en esos momentos se requiere mayor claridad y vigilancia. Si la subida responde a costes reales, debe explicarse con datos verificables. Si responde a márgenes ampliados por oportunidad, debe revisarse. El mercado puede ser libre, pero no debería ser opaco. Y la confianza pública no se sostiene sobre la velocidad de las subidas, sino sobre la solidez de las explicaciones. Cayetano Peláez del Rosal. Córdoba Habla el catedrático Jorge Urrutia de la crisis de la lectura en su Tercera de ABC. De su evolución desde la antigüedad trata en buena parte de la lectura colectiva, en voz alta, a causa del analfabetismo, y de la alteración del 'campo literario'. Es cierto que si yo cito algún fragmento cuando escribo (o leo), como indica Urrutia, ello no constituye un signo de distinción. El concepto de 'alfabetismo limitado' es el nuevo analfabetismo. Es la lectura breve de una carta al director, el titular de una noticia o el comentario en una red social. En mi infancia, los viejos en el bar hojeaban el periódico mirando 'los santos', es decir las fotos o los dibujos, y acaso las esquelas o el mapa del tiempo. Pero hoy, ¿no será la 'escasa lectura individual' mucho más lamentable que aquella otra lectura 'al otro' que suplía la carencia de quien no sabía leer ni escribir? Diego Pardos. Zaragoza