El tiempo pasa muy deprisa y así, como quien no quiere la cosa, me he encontrado con que llega -o más bien me atropella- el primer 8 de marzo en que no tengo a mi mayor referente a mi lado. Hoy es el día de la mujer y me falta más que nunca la mujer más admirable que nunca conocí, la que me dio la vida y la responsable de que me haya convertido en la mujer que soy. Aunque quizás no me expreso correctamente. Es el primer 8 de marzo sin su presencia física, pero ella me acompaña todos los días, y hoy especialmente, porque es nuestro día y porque en nada hará un año que se marchó tras 101 años de vida plena, aunque nada fácil. Pero es que nada era fácil para las mujeres de entonces. Perdieron su infancia en una guerra cruel, su adolescencia y juventud en una posguerra dura y dejaron su libertad por el camino. Perdieron sus derechos y ganaron en obligaciones, sin que nadie les reconociera nada. Y, poco a poco, a pesar de que tenían que bregar con una sociedad que consideraba a la mujer un ser de segunda clase, abrieron camino para las que veníamos detrás. De modo callado, casi invisible, abrieron una brecha por la que ha ido construyendo el edificio de la igualdad que ahora tenemos. Mi madre, como tantas otras madres de la época, era feminista sin saber que lo era, luchaba por los derechos humanos sin saber que lo estaba haciendo y rompía barreras cada día. En días como estos se suele rendir homenaje a las pioneras que entraron en un mundo vedado a los hombres. Mujeres policías, bomberas, juezas, fiscales o muchas de esas profesiones en que antes la ley les prohibía estar o la sociedad les impedía ejercer. Un homenaje merecidísimo que nunca podremos dejar de darles. Pero hay otras pioneras de las que apenas se habla. Mujeres anónimas como mi madre para las suponía un hito cada avance. Cosas como conducir, estudiar una carrera o emprender algún pequeño negocio eran verdaderas picas en Flandes de las que no se suele hablar. Como no se suele hablar de todas sus renuncias personales para que sus hijas y sus nietas no tuviéramos que renunciar a nada. Recuerdo que cuando aprobé la oposición mi madre me dijo muy contenta que estaba orgullosa de que yo "tuviera un sueldo de hombre". Una frase que a primera vista podría resultar machista si no fuera porque tenía una gran carga de profundidad y sabiduría. Con esas pocas palabras, ella estaba analizando el machismo de la sociedad y hablando de lo que suponía romper el techo de cristal, por más de que no tuviera ni idea de que ese fuera el nombre que después daríamos a la cuestión. Este 8 de marzo de madre ya no está conmigo, pero permanecerá en mí siempre. Por eso quiero rendir homenaje a ella y a todas las mujeres de su generación que hicieron posible...