Un enganchón con la catenaria, un jabalí o un extraño frenazo: ninguno de los seis trabajadores del Iryo notó el choque con el Alvia

La Guardia Civil preguntó a los dos maquinistas, a la jefa del tren y a tres auxiliares cómo fue el accidente y ninguno se percató de que se había impactado con otro tren El maquinista de un Alvia que pasó antes del accidente de Adamuz notó una “ligera vibración” a la que no dio importancia En la madrugada del lunes, 19 de enero, los seis trabajadores de Iryo que sobrevivieron al grave accidente ferroviario de Adamuz estaban declarando en la Comandancia de la Guardia Civil de Córdoba. Horas después del mayor accidente ferroviario de la historia de la alta velocidad en España, en el que murieron 46 personas y resultaron heridas más de 150, los dos maquinistas del tren, la jefa del convoy y los tres auxiliares no se explicaban qué es lo que había podido pasar. Los guardias civiles que recababan su testimonio les preguntaron a los seis qué fue lo que pasó. O qué fue lo que sintieron que pasó. Ninguno de los seis notó que habían chocado contra otro tren. El maquinista que conducía el Iryo pensó en un primer momento que había enganchado el pantógrafo con la catenaria. El segundo maquinista, que no iba en la cabina sino dentro del tren, notó una sacudida pero no supo el porqué. Una auxiliar que servía comida en el coche número seis percibió un fuerte golpe y después que el tren comenzó a “bandear” hasta que se paró, a oscuras. La jefa de tren solo percibió un fuerte frenazo cuando servía cafés y cómo el carrito se le iba. Y otra auxiliar tuvo la sensación de que habían atropellado a un jabalí para, justo después, vivir un fuerte frenazo. La azafata de la cafetería tuvo que agarrarse a la barra porque “pensaba que iba a salir volando” en un movimiento “raro, no conocido”. El primero en saber que había un Alvia accidentado fue precisamente el maquinista. Se lo comunicó el puesto de control de Atocha en Madrid. Desde este puesto de control se intentó comunicar dos veces, sin éxito, con el maquinista del Alvia. Después se logró hacerlo con una interventora de Renfe que viajaba en el coche de cola y que sufrió un fuerte golpe en la cabeza. No obstante, pensó que el Alvia, con el que se había cruzado, también había descarrilado y no chocado. Y que estaba dentro del túnel por el que el Iryo acababa de pasar. No fue hasta que comenzaron a llegar los primeros pasajeros del Alvia cuando supo que este tren no había descarrilado, sino que había chocado contra el Iryo que conducía. El maquinista declaró ante la Guardia Civil a las 2:00 de la madrugada. A esa hora, el tren había sido completamente evacuado y en Adamuz ya no quedaba ningún herido ni pasajero. El trabajador, que había salido de la cabina para ayudar con sus propias manos a rescatar víctimas, aún no se explicaba qué es lo que había podido pasar. “Puede que hayan ocurrido mil cosas”, le dijo a la Guardia Civil. Sabía que el tren había recibido un impacto y que había volcado. Aludió a una posible “rotura de carril” o a que el Alvia “viniese ya descarrilado”. Pero que era una opinión personal. Dos horas después, los agentes del equipo de Homicidios de la Guardia Civil recabaron el testimonio del segundo maquinista. Su situación era atípica: regresaba a Madrid tras finalizar su jornada, sentado en el coche 1, ya que había un pasajero, conocido de la tripulación, que estaba atosigando a una azafata. “De pronto noté una sacudida, las tazas volaron”, declaró. Su instinto profesional le llevó a intentar contactar con su compañero en cabina, pero la megafonía ya lanzaba un mensaje desesperado buscando sanitarios. Al llegar al coche 6, la escena era dantesca: una mujer recibía maniobras de reanimación en el pasillo mientras el vagón, inclinado, crujía bajo la presión del terreno. Fue este maquinista quien, al bajar a las vías con un martillo rompecristales, descubrió que el coche 8 —la cola del tren— estaba completamente volcado. Construyó una especie de escalera con palets de madera para poder evacuar a toda la gente que pudo del coche número 8. Varios pasajeros supervivientes habían logrado romper los cristales y por sus propios medios trataban de salir. Dentro quedaban heridos y fallecidos. El personal de a bordo Para el personal de a bordo, el impacto no tuvo sonido de choque metálico, sino de descontrol físico. Una de las auxiliares describió ante los agentes una sensación táctil extraña antes del frenazo: un golpe seco bajo el suelo del vagón que le hizo pensar en un impacto contra un animal, concretamente un jabalí, algo que ocurre ocasionalmente en los tramos de Sierra Morena. Esa percepción inicial de “incidente menor” se desvaneció cuando el tren comenzó a “bandear” —a oscilar violentamente de un lado a otro— rompiendo la vajilla, volcando los carritos de servicio y sumiendo los vagones en una oscuridad absoluta tras el corte de tensión. La jefa de tren, que en ese momento servía cafés en la zona preferente, relató cómo el mundo se inclinó de repente. Su declaración subraya la rapidez del suceso: no hubo tiempo para avisos. El “frenazo extraño” y el movimiento “raro, no conocido” son las frases que más se repiten en el atestado. La azafata de la cafetería recordó que tuvo que aferrarse a la barra de acero con tal fuerza que creía que sus brazos se quebrarían, mientras veía cómo todo lo que no estaba anclado salía proyectado hacia adelante. El maquinista titular, que declaró a las 02:00 de la mañana en un estado de shock evidente, explicó que su primera sospecha fue un “enganchón” del pantógrafo. En el argot ferroviario, esto ocurre cuando el brazo que toma la energía se enreda con los cables de la catenaria, provocando tirones violentos y chispazos. “Vi el cable moverse y provoqué la urgencia”, afirmó. Fue la radio GSMR la que le trajo la realidad. Desde el Puesto de Mando de ADIF en Madrid le informaron que no estaban solos en la tragedia. Le comunicaron que un tren Alvia de Renfe, que circulaba en sentido contrario, también estaba detenido y descarrilado. En ese momento, el maquinista del Iryo creyó que ambos trenes habían sufrido el mismo fallo en la infraestructura de forma independiente. No podía imaginar que los restos de su propio tren, tras el descarrilamiento inicial, habían invadido el gálibo de la vía contraria. La magnitud del desastre no se hizo evidente para los trabajadores del Iryo por lo que vieron a través de sus ventanas, sino por lo que emergió de la oscuridad de la noche cerrada en Adamuz. Mientras ellos ayudaban a salir a sus pasajeros utilizando pallets de madera como escaleras improvisadas, empezaron a aparecer personas ensangrentadas, con uniformes de Renfe y maletas destrozadas, caminando por el balasto. Eran los pasajeros del Alvia. Venían de la zona donde su tren había quedado encajonado tras el impacto lateral. Fue en ese encuentro fortuito, entre gritos de auxilio y luces de emergencia, cuando el personal del Iryo comprendió que no habían tenido una avería, sino que habían formado parte de una colisión mortal. La Guardia Civil cierra este apartado del atestado señalando la “desorientación absoluta” de los trabajadores, que durante un tiempo creyeron estar gestionando un descarrilamiento accidental provocado por un fallo técnico o un objeto en la vía, sin saber que a escasos metros, decenas de personas habían perdido la vida en un choque que ellos, sencillamente, no sintieron como tal.