Un punto de locura

“No entiendo los cambios”, pregona un usuario de WhatsApp. Lisci acaba de meter en el campo a Juan Cruz, Moi y Barja. Yo tampoco me explico ese puzzle de camisetas rojas, la verdad, pero con 0-2 en el marcador y un aciago trayecto de 77 minutos en el partido ya no importa tanto quién sale y quién entra. La tarde venía torcida tras un intento de despeje en el que Sergio Herrera pierde la cabeza. Tenía que pasar: cuando el guardameta no puede utilizar las manos se pone a jugar con fuego y alguna vez se quema. Ese incendio tiene muchos focos y es una de las consecuencias del fútbol moderno y de la intención de convertir al portero en un líbero a la vieja usanza, tenga o no habilidades con los pies y valentía a la hora de meter la testa. Es lo que hay. Después de esa jugada surrealista del portero más surrealista podía pasar cualquier cosa. Osasuna se había presentado con un perfil distinto a anteriores encuentros en El Sadar.