No a la guerra

No nos privamos de nada: ahora una guerra. Una de esas guerras que se disputan allá lejos y cuyos cascotes acaban cayendo por todas partes. Al sentir de algunos, esta guerra la ha provocado Pedro Sánchez, que llamó a Trump, o se reunió con él en algún rancho, para pedirle una cortina de humo. Y lo lamentan muchos porque es una pérdida de soberanía para la FIFA y los clubs españoles de postín, mitad misioneros, mitad negociantes de camisetas, que lo mismo no pueden ir allí, a hacer el Golfo, como el rey emérito. Se mire como se mire, la cosa viene mal al mundo. Si hasta hay muertos, y mutilados, y niñas asesinadas. Que hay que ver lo malos que son los ayatolás, que sí que lo son. No como los reyes y reyezuelos de la zona, muestra excelsa de compasión, democracia y buen trato a las mujeres. ¿Pero para qué vamos a seguir con estas cosas? La balanza de buenos y malos, del bien y del mal, anda tan confusa que un análisis centrado en esos términos sirve de poco.